miércoles, 18 de abril de 2012

Muros contra los que chocar

Llevaba un tiempo esperando. Recuerdo que pensé: 'Publicaré cuando me digan algo'. Y ya me lo han dicho. 

Desde el día 20 de enero y hasta el viernes pasado mi vida fue manifiestamente estresante. No sólo por el máster sino por esa extraña sensación que es la expectación, el esperar algo con mucha fuerza. Cometí el error, quizá, de depositar todas las esperanzas con respecto a mi futuro en una sola opción, y de confiar que al final todo saldría bien. Pero no, no todo ha salido bien. El viernes pasado me confirmaron que no había conseguido plaza en la Universidad de Oxford. Sin más razones o argumentos: simplemente no. El que diga al jugarse su futuro solicitando algo que acepta tanto un sí como un no miente descaradamente. Yo, en mi cerebro consciente y racional, tenía claro que me lo jugaba al 50%, y que en todo caso iba con desventaja por mi inexperiencia y por estar licenciado en España. Pero ante estas cosas son las emociones las que se imponen, las que hacen que cuando pulsas 'Enviar' con el último documento adjunto sientas un cosquilleo en el alma. Las que me hicieron mirar el correo (tanto físico como virtual) de forma obsesiva durante meses, y las que me hicieron soñar. Así que no, desgraciadamente no fui de esos optimistas que a pesar de todo ven el vaso medio lleno: lo vi vacío y roto, vi mis sueños destrozados contra el suelo.

Sin embargo, todo fue más rápido de lo que esperaba. Desde el momento en que, en una terraza del centro, recibí el email hasta ahora que escribo estas líneas. Desde la sensación de vacío absoluto a recuperar la normalidad. Viví los primeros momentos acompañado, porque estaba en la calle, e hice el gran esfuerzo de aguantarme, de aparcar temporalmente el golpe. Cuando volvía a casa, con la garantía de una conversación con Caos, subí el volumen de la música hasta límites insospechados, dejando que el sonido me taladrara, me traspasara y con la misma facilidad me abandonara, parando así mi mente durante el trayecto. Y al llegar, tuve que enfrentarme y asumirlo. Aquello por lo que no había dormido, aquello con lo que había soñado, esa vida que podría haber tenido no iba a tener lugar. Nunca, probablemente. Y ni aún así fui capaz de llorar. Sólo sentía el vacío, un agujero en el centro de mi cuerpo que se extendía y me quería consumir. Fue entonces cuando empecé a hablar con Caos, y gracias a él pude sacarlo todo, aunque es en esos momentos de emociones contenidas cuando más le necesito a mi lado. Pero, por supuesto, no pudo ser. 

Aquella noche supuso el cierre de una puerta. Con llave, con candados y cadenas. Necesité de esas horas nocturnas para asumir la pérdida, para que el vacío se rellenara de nuevo de mí. Gracias a mi madre, a Caos, a E, P y todo el abecedario de mis amigos; y también gracias a todos lo que, sin tener obligación, me mandaron sus mensajes de apoyo. Gracias a ellos, decía, sentí que no estaba todo perdido. No creo que sea, como la mayoría dice, que 'ellos se lo pierden'. Seamos realistas. Yo soy el que pierde. Asumo hoy sin dolor que no soy lo suficientemente bueno, y que quizás aspiré a demasiado. No lo digo como algo negativo, sino como un hecho: aquél no es mi lugar. 

Tras una noche de reflexión, sentí algo extraño. Sentí mi mente moverse, trabajar, exprimirse casi sin darme cuenta. La sorprendí buscándome una segunda opción, una segunda oportunidad para conseguir el cambio que tanto necesito. Con tozudez, nuevas opciones se plantaron en mí, impidiéndome ignorarlas, y fue así como empecé a buscar de nuevo sólo 24 horas después de haber sido rechazado. Al principio me detenía y pensaba: '¿Qué pasa, no aprendes?' pero luego asumía lo bonito que habita en nosotros, que es que podemos ser tan perseverantes como queramos. Con o sin éxito, podemos probar una y otra vez hasta perder la vida, y encontrar tantos muros contra los que chocar como queramos. 

Y durante estas semanas de tensión, hay otras cosas que también han pasado. Felo, hermano de mi abuela, está cerca del final. No era algo que yo al menos pudiera ver venir, pero es lo que ha pasado. De una forma muy rápida está en el momento crítico en que está, en el final de un camino que espero que haya sido lo más feliz y pleno que se pueda desear de una vida. Para él escribí las siguientes palabras, que originalmente fueron un email a mi familia, pero que explican perfectamente qué pasa por mi mente:

"No quiero tampoco extenderme, pero sí dejar claro que Pino y Felo han sido una presencia constante en mi vida, y supongo que en la de todos. Especialmente en la infancia, en Patalavaca, en las reuniones familiares y en otras ocasiones estaban allí, presentes. Y quizás es eso lo que ahora mismo me hace sentir más triste: el saber que eso va a acabar. Evidentemente yo estoy ahora mismo un poco más alejado que el resto de ustedes de todo esto al no estar en la isla, pero intento informarme lo más posible y estar al día de la situación. Y esto ha provocado que cuando le fui a ver mi impresión fuera aún mayor... para mí, todo había sido de repente. De bien a mal en un segundo. De nuevo lo que parece que va a estar siempre deja de estarlo en un momento, dejándonos huérfanos de su presencia.

Está claro que la vida tiene estas cosas, y que tarde o temprano todo lo que ha comenzado termina. Sin embargo, es desgarrador ver cómo esa simbiosis, esa mezcla perfecta entre Pino y Felo, indemne al paso del tiempo, finalmente ha sucumbido a él. Es probablemente lo más triste para mí, pero al mismo tiempo lo más inspirador. Pocos pueden decir que han vivido un 'siempre' juntos, dándose la vida mutuamente. No puedo sino pensar que, después de todo, es amor lo que nos queda de él, y sin duda la mejor lección que nos pueda enseñar. "