CERO
No me habría decidido a escribir esto si no hubiera terminado mi trabajo antes de que se acabara la jornada laboral. Así que, supongo, trabajar me ha recompensado con este rato libre de obligaciones. Entre teléfonos y teclas que suenan sin cesar es difícil concentrarse, pero en el fondo se trata de eso: de dejar que fluya lo que sea que lleve dentro, sin darle mayor importancia a las palabras conque se diga.
Sobre todo espero. Espero casi todo el tiempo, a casi todas horas. Espero lo que llega y lo que no, lo posible y también lo improbable, con esa tensión constante y vigilante del que no sabe lo que va a ocurrir. Y quizás por ésta no encuentro el momento de sentirme libre, completo y acotado como las pequeñas cosas. Más bien nada nunca es satisfactorio del todo, porque algo (quién sabe si peor o mejor) podría llegar en cualquier momento y cambiar mi vida.
Espero, sí, pero también pienso. Como inherente a mi existencia, pienso cada segundo, y los pensamientos se agolpan en mi cabeza como arremolinados, inquietos. Y no es que esto sea nuevo para mí, pero en mis pequeñas agonías diarias en que al borde estoy de descubrir algo ignoto, mi mente bulle. Me deja dormir por las noches, es verdad, porque pocas fuerzas me quedan a esas horas como para seguir pensando, pero despierta pronto. Y así transcurren días, semanas, meses, y quién sabe si también años.
Y puede que por todo esto, desde el mismo momento en que dejo de ocupar mi mente y mi cuerpo en alguna actividad, todo se hace patente. Las ideas, los miedos, las inseguridades y también las esperanzas colapsan mi entendimiento mientras lo más profundo de mi estómago vuelca cada vez que creo que me van a dar una noticia. Buena o mala, es lo de menos. Es un cambio que en el fondo anhelo, una puerta que espero que se abra para mí. Por ello, ahora y aquí, he empleado un tiempo de vacío en escribir esto, en plasmar lo que por mi mente pasa para entenderme un poco más a mí mismo y, quizás, poder tomar el control de mis sentimientos.
Espero, pienso, luego escribo.
UNO
Es curioso ver de dónde vengo. No me refiero al lugar, sino a mí mismo. De dónde vengo, quién fui, qué fui. Mirar hacia atrás no sirve, como muchos dicen, para mejorar el presente, sino para alegrarte de no ser esa persona que un día fuiste. Al menos ese es mi caso. Soy la misma persona, y básicamente mis miedos son casi los mismos. Pero algo ha cambiado por el camino.
Hace ahora casi tres años que llegué aquí, y se me hacen tres mundos de distancia. Recuerdo perfectamente el día en que llegué, y creo que será una de esas cosas difíciles de olvidar. Mirar a través de la ventanilla del coche y pensar que todo era demasiado grande, demasiado amplio y aterrador… E incluso esos días en que intentaba llegar más lejos que los anteriores, pero veía a tanta gente a mi alrededor que decidía volver a la residencia. Esas miradas por la ventana a un mundo nuevo que se extendía ante mí. Y también las clases, la soledad, el vacío, las buenas y malas noticias, el estudio, la convivencia. Todo me atacó entonces como una peste repentina, sin darme tiempo apenas a respirar. Pero lo acepté, con sus más y sus menos, y sobreviví. Y el precio de mi supervivencia fue el cambio: importantes conversaciones, encuentros afortunados y, entre otras cosas, el amor pasaron por mí y permanecieron. Parte de mí, sin embargo, desapareció para siempre.
Es inevitable pensar, con esa perspectiva que da el tiempo, que fui un idiota en muchas ocasiones. Por supuesto que lo fui, y probablemente dentro de tres años opinaré que lo fui también en 2012. Supongo entonces que atravesar nuestros propios miedos, equivocarse y arrepentirse son, más que estupideces, pasos en la arena. Pasos que te llevarán de una punta a la otra de playa, haciéndote preguntarte por cómo has llegado hasta ahí, pero que ya no estarán porque el mar se los habrá llevado. Mis errores, ahora y siempre, espero que me hagan crecer.
También han cambiado los objetivos. Esas expectativas infantiles que se tienen desde que se tiene concepto del futuro, y que me hicieron decir, hace ya unos años: ‘Mamá, quiero ser titiritero’. Sin perder la esencia, nos adaptamos a lo que nos ofrece la vida, y por ello lo que pensaba hace tres años no es lo que pienso ahora. Estas expectativas, estos objetivos a corto, medio y largo plazo son las que hacen esperar, las que ejercitan nuestra impaciencia y las hacen que abra cada mañana los ojos con un atisbo de ansiedad en los ojos.