martes, 17 de julio de 2012

Curtain, telón


Mirar hacia atrás no es solo eso que se hace cuando alguien te llama o te toca en el hombro. Tampoco es deprimirse al recordar ese sueño que no se ha cumplido, o ese beso que no has dado. Es aprender, es asombrarse ante lo poco que se parece lo que finalmente ha pasado a lo que esperabas.

Y así ha sido. Casi se podría decir que soy una persona diferente a la que vino aquí hace casi tres años, aunque siga siendo el mismo. Releo esas primeras entradas del blog llenas de novedad y de miedos y no puedo sino sonreír ante mi propia ingenuidad. Ya conozco este lugar. Puede que no todos sus rincones ni todas sus calles pero lo conozco, he vivido, estudiado y amado aquí. He enfermado y me he vuelto a recuperar, he sentido su frío y su calor… Y estos años han sido una progresión: de la sorpresa al conocimiento, de la ignorancia al saber y de recién salido de una isla a… ahora.

Pero todo tiene un final.

Aún a falta de un último paso para terminar el master, voy cerrando una puerta. No sentí realmente ese final al acabar la carrera porque todo fue demasiado rápido y casi sin darme cuenta ya estaba de nuevo en clase. Pero esta vez es diferente, será diferente. Habré terminado, y comenzará otra etapa, en otro lugar. Atrás quedan muchos meses, dificultades y alegrías, este blog y sus nombres en clave, noches infinitas y días de facultad. Quedo yo, parte de mí.

Ω

No es seguro que me vaya a Londres ni que me quede. Más allá de septiembre, cuando entregue y presente el trabajo final, mi vida será un interrogante. Lo es ahora, porque aún no tengo nada claro y porque necesito algunas respuestas. Pero, por otra parte, también hay que vivir el presente y debo centrarme en él: el trabajo, su preparación, su perfeccionamiento, la recompensa que me espera. Por un mes, mi vida tiene que dejar un poquito de serlo. Casi como este último año.

No estoy siendo muy coherente en esta entrada. Es normal, voy soltando, vomitando lo que me viene a la cabeza, algunas de las cosas que quiero decir. Como que me he encontrado, en estos últimos tiempos, rodeado de gente que está ahí, que se ha preocupado y se preocupa por mí. De gente que me ha ayudado y sonreído. Sonrisas, cariño, presencia. Quizás todo eso es, sobre todo, lo que mejor puedo llevarme de este lugar.

Doy las gracias, así, por completo, a Sevilla. Por lo que me ha aportado, por lo que me ha quitado y, en definitiva, por hacerme crecer y seguir queriendo mirar hacia delante.

Siempre hacia delante.

Sevilla, 17 de julio de 2012.

miércoles, 18 de abril de 2012

Muros contra los que chocar

Llevaba un tiempo esperando. Recuerdo que pensé: 'Publicaré cuando me digan algo'. Y ya me lo han dicho. 

Desde el día 20 de enero y hasta el viernes pasado mi vida fue manifiestamente estresante. No sólo por el máster sino por esa extraña sensación que es la expectación, el esperar algo con mucha fuerza. Cometí el error, quizá, de depositar todas las esperanzas con respecto a mi futuro en una sola opción, y de confiar que al final todo saldría bien. Pero no, no todo ha salido bien. El viernes pasado me confirmaron que no había conseguido plaza en la Universidad de Oxford. Sin más razones o argumentos: simplemente no. El que diga al jugarse su futuro solicitando algo que acepta tanto un sí como un no miente descaradamente. Yo, en mi cerebro consciente y racional, tenía claro que me lo jugaba al 50%, y que en todo caso iba con desventaja por mi inexperiencia y por estar licenciado en España. Pero ante estas cosas son las emociones las que se imponen, las que hacen que cuando pulsas 'Enviar' con el último documento adjunto sientas un cosquilleo en el alma. Las que me hicieron mirar el correo (tanto físico como virtual) de forma obsesiva durante meses, y las que me hicieron soñar. Así que no, desgraciadamente no fui de esos optimistas que a pesar de todo ven el vaso medio lleno: lo vi vacío y roto, vi mis sueños destrozados contra el suelo.

Sin embargo, todo fue más rápido de lo que esperaba. Desde el momento en que, en una terraza del centro, recibí el email hasta ahora que escribo estas líneas. Desde la sensación de vacío absoluto a recuperar la normalidad. Viví los primeros momentos acompañado, porque estaba en la calle, e hice el gran esfuerzo de aguantarme, de aparcar temporalmente el golpe. Cuando volvía a casa, con la garantía de una conversación con Caos, subí el volumen de la música hasta límites insospechados, dejando que el sonido me taladrara, me traspasara y con la misma facilidad me abandonara, parando así mi mente durante el trayecto. Y al llegar, tuve que enfrentarme y asumirlo. Aquello por lo que no había dormido, aquello con lo que había soñado, esa vida que podría haber tenido no iba a tener lugar. Nunca, probablemente. Y ni aún así fui capaz de llorar. Sólo sentía el vacío, un agujero en el centro de mi cuerpo que se extendía y me quería consumir. Fue entonces cuando empecé a hablar con Caos, y gracias a él pude sacarlo todo, aunque es en esos momentos de emociones contenidas cuando más le necesito a mi lado. Pero, por supuesto, no pudo ser. 

Aquella noche supuso el cierre de una puerta. Con llave, con candados y cadenas. Necesité de esas horas nocturnas para asumir la pérdida, para que el vacío se rellenara de nuevo de mí. Gracias a mi madre, a Caos, a E, P y todo el abecedario de mis amigos; y también gracias a todos lo que, sin tener obligación, me mandaron sus mensajes de apoyo. Gracias a ellos, decía, sentí que no estaba todo perdido. No creo que sea, como la mayoría dice, que 'ellos se lo pierden'. Seamos realistas. Yo soy el que pierde. Asumo hoy sin dolor que no soy lo suficientemente bueno, y que quizás aspiré a demasiado. No lo digo como algo negativo, sino como un hecho: aquél no es mi lugar. 

Tras una noche de reflexión, sentí algo extraño. Sentí mi mente moverse, trabajar, exprimirse casi sin darme cuenta. La sorprendí buscándome una segunda opción, una segunda oportunidad para conseguir el cambio que tanto necesito. Con tozudez, nuevas opciones se plantaron en mí, impidiéndome ignorarlas, y fue así como empecé a buscar de nuevo sólo 24 horas después de haber sido rechazado. Al principio me detenía y pensaba: '¿Qué pasa, no aprendes?' pero luego asumía lo bonito que habita en nosotros, que es que podemos ser tan perseverantes como queramos. Con o sin éxito, podemos probar una y otra vez hasta perder la vida, y encontrar tantos muros contra los que chocar como queramos. 

Y durante estas semanas de tensión, hay otras cosas que también han pasado. Felo, hermano de mi abuela, está cerca del final. No era algo que yo al menos pudiera ver venir, pero es lo que ha pasado. De una forma muy rápida está en el momento crítico en que está, en el final de un camino que espero que haya sido lo más feliz y pleno que se pueda desear de una vida. Para él escribí las siguientes palabras, que originalmente fueron un email a mi familia, pero que explican perfectamente qué pasa por mi mente:

"No quiero tampoco extenderme, pero sí dejar claro que Pino y Felo han sido una presencia constante en mi vida, y supongo que en la de todos. Especialmente en la infancia, en Patalavaca, en las reuniones familiares y en otras ocasiones estaban allí, presentes. Y quizás es eso lo que ahora mismo me hace sentir más triste: el saber que eso va a acabar. Evidentemente yo estoy ahora mismo un poco más alejado que el resto de ustedes de todo esto al no estar en la isla, pero intento informarme lo más posible y estar al día de la situación. Y esto ha provocado que cuando le fui a ver mi impresión fuera aún mayor... para mí, todo había sido de repente. De bien a mal en un segundo. De nuevo lo que parece que va a estar siempre deja de estarlo en un momento, dejándonos huérfanos de su presencia.

Está claro que la vida tiene estas cosas, y que tarde o temprano todo lo que ha comenzado termina. Sin embargo, es desgarrador ver cómo esa simbiosis, esa mezcla perfecta entre Pino y Felo, indemne al paso del tiempo, finalmente ha sucumbido a él. Es probablemente lo más triste para mí, pero al mismo tiempo lo más inspirador. Pocos pueden decir que han vivido un 'siempre' juntos, dándose la vida mutuamente. No puedo sino pensar que, después de todo, es amor lo que nos queda de él, y sin duda la mejor lección que nos pueda enseñar. "

martes, 13 de marzo de 2012

0 - 1


CERO

No me habría decidido a escribir esto si no hubiera terminado mi trabajo antes de que se acabara la jornada laboral. Así que, supongo, trabajar me ha recompensado con este rato libre de obligaciones. Entre teléfonos y teclas que suenan sin cesar es difícil concentrarse, pero en el fondo se trata de eso: de dejar que fluya lo que sea que lleve dentro, sin darle mayor importancia a las palabras conque se diga.

Sobre todo espero. Espero casi todo el tiempo, a casi todas horas. Espero lo que llega y lo que no, lo posible y también lo improbable, con esa tensión constante y vigilante del que no sabe lo que va a ocurrir. Y quizás por ésta no encuentro el momento de sentirme libre, completo y acotado como las pequeñas cosas. Más bien nada nunca es satisfactorio del todo, porque algo (quién sabe si peor o mejor) podría llegar en cualquier momento y cambiar mi vida.

Espero, sí, pero también pienso. Como inherente a mi existencia, pienso cada segundo, y los pensamientos se agolpan en mi cabeza como arremolinados, inquietos. Y no es que esto sea nuevo para mí, pero en mis pequeñas agonías diarias en que al borde estoy de descubrir algo ignoto, mi mente bulle. Me deja dormir por las noches, es verdad, porque pocas fuerzas me quedan a esas horas como para seguir pensando, pero despierta pronto. Y así transcurren días, semanas, meses, y quién sabe si también años.

Y puede que por todo esto, desde el mismo momento en que dejo de ocupar mi mente y mi cuerpo en alguna actividad, todo se hace patente. Las ideas, los miedos, las inseguridades y también las esperanzas colapsan mi entendimiento mientras lo más profundo de mi estómago vuelca cada vez que creo que me van a dar una noticia. Buena o mala, es lo de menos. Es un cambio que en el fondo anhelo, una puerta que espero que se abra para mí. Por ello, ahora y aquí, he empleado un tiempo de vacío en escribir esto, en plasmar lo que por mi mente pasa para entenderme un poco más a mí mismo y, quizás, poder tomar el control de mis sentimientos.

Espero, pienso, luego escribo.


UNO

Es curioso ver de dónde vengo. No me refiero al lugar, sino a mí mismo. De dónde vengo, quién fui, qué fui. Mirar hacia atrás no sirve, como muchos dicen, para mejorar el presente, sino para alegrarte de no ser esa persona que un día fuiste. Al menos ese es mi caso. Soy la misma persona, y básicamente mis miedos son casi los mismos. Pero algo ha cambiado por el camino.

Hace ahora casi tres años que llegué aquí, y se me hacen tres mundos de distancia.  Recuerdo perfectamente el día en que llegué, y creo que será una de esas cosas difíciles de olvidar. Mirar a través de la ventanilla del coche y pensar que todo era demasiado grande, demasiado amplio y aterrador… E incluso esos días en que intentaba llegar más lejos que los anteriores, pero veía a tanta gente a mi alrededor que decidía volver a la residencia. Esas miradas por la ventana a un mundo nuevo que se extendía ante mí. Y también las clases, la soledad, el vacío, las buenas y malas noticias, el estudio, la convivencia. Todo me atacó entonces como una peste repentina, sin darme tiempo apenas a respirar. Pero lo acepté, con sus más y sus menos, y sobreviví. Y el precio de mi supervivencia fue el cambio: importantes conversaciones, encuentros afortunados y, entre otras cosas, el amor pasaron por mí y permanecieron. Parte de mí, sin embargo, desapareció para siempre.

Es inevitable pensar, con esa perspectiva que da el tiempo, que fui un idiota en muchas ocasiones. Por supuesto que lo fui, y probablemente dentro de tres años opinaré que lo fui también en 2012. Supongo entonces que atravesar nuestros propios miedos, equivocarse y arrepentirse son, más que estupideces, pasos en la arena. Pasos que te llevarán de una punta a la otra de playa, haciéndote preguntarte por cómo has llegado hasta ahí, pero que ya no estarán porque el mar se los habrá llevado. Mis errores, ahora y siempre, espero que me hagan crecer.

También han cambiado los objetivos. Esas expectativas infantiles que se tienen desde que se tiene concepto del futuro, y que me hicieron decir, hace ya unos años: ‘Mamá, quiero ser titiritero’. Sin perder la esencia, nos adaptamos a lo que nos ofrece la vida, y por ello lo que pensaba hace tres años no es lo que pienso ahora. Estas expectativas, estos objetivos a corto, medio y largo plazo son las que hacen esperar, las que ejercitan nuestra impaciencia y las hacen que abra cada mañana los ojos con un atisbo de ansiedad en los ojos.