Sí, señores, sí: HE VUELTO. No a escribir en el blog (eso ya lo hice en la entrada anterior), sino a Sevilla. "¿Masoquismo?" dirán algunos; "es que está enamoraaaaao" dirán otros con un intento de ojos picarones que puede dar entre grima - que no Grimanesa - asco y un profundo odio. No, simplemente que me que da un año para acabar la carrera. Durante otros nueve meses Sevilla conocerá mi nombre... para bien o para mal.
Antes de explicar lo que ha acontecido en esta primera semana, creo que es importante hablar de lo que ha pasado este verano... aunque se podría resumir en dos palabras: DORMIR y SALIR. Son dos conceptos profundos ahí donde los ven, porque se puede soñar, salir a ver sitios culturales, etc... (vale, es mentira, pero había que intentarlo).Salí mucho, dormí mucho, disfruté la gastronomía materna y perdí el tiempo como debe ser, pero hubo un gran evento, el Evento del Verano: la visita de Caos. Gracias por venir, y gracias a todos los que hicieron su acogida algo sencillo y positivo.
Dos grandes amigos se fueron este año a Barcelona (Y y B, por añadir iniciales al glosario), y mi hermano y mi cuñada partieron a Madrid. Ha sido un año de emigraciones, y cuales pardelas, todos hemos volado fuera de nuestros respectivos nidos. A probar suerte, a seguir adelante, a descubrir lo que el mundo puede ofrecerles. Yo vuelvo a Sevilla, ya con un año acumulado de experiencias, pero con una renovada ilusión: ya no volvería a la residencia.
En el limbo perfecto de la imaginación, al pensar en "compartir piso" pensamos en Friends o en alguna otra serie o película en que todos se llevan de maravilla y pasan momentos geniales y cómicos, y en el que cuando se caen los vasos suena risa enlatada de fondo. Sin embargo, cuando te sientas y empiezas a escribir lo que necesitas "para el piso" o cuando hablas del contrato, o cosas así, asumes que de verdad vas a un piso. Pero uno real, de esos en que la vecina del cuarto te manda a callar si gritas, de esos en que hay averías, de esos en que la cocina parece sacada de Cuéntame y el baño del motel de Norman Bates. Pero más allá de señoras rubias hechas un colador en la bañera, lo importante es con quién te vas, con quién has decidido compartir tu espacio. Y ahí creo que radica el secreto de mi existencia en este curso.
L The Canary y E. son mis compañeros de piso. Lo hemos pasado muy bien juntos, y es probable que este curso sea igual. Por ahora hemos coincidido en un aspecto muy importante de nuestra existencia: había que redecorar el piso, y qué mejor que el mobiliario y decoración nórdicos para transformar la sosería y lo anticuado en algo que sólo se podría definir como profundamente "cool". Con poco hemos conseguido hacer nuestro este espacio, y mi habitación es MÍA, con las cosas que yo quiero tener, donde yo quiero tenerlas. Pero no todo es maravilloso porque...
En estos tiempos que corren sabemos todos que vender un piso es complicado. Sí, lo es, y no debemos engañarnos con ello. Nuestro arrendador (qué rara suena esa palabra, parece que nos tiene encadenados a la puerta de la nevera o algo así) tiene intención de vender el piso donde ahora vivimos. Hasta ahí todo normal, salvo la parte en que lo enseña. Tampoco sería traumático si no fuera porque está aquí todos y cada uno de los días y porque suelta perlas como:
- Pasad, pasad... sí, éstos viven aquí, pero como si no estuvieran...
¿Pero esto qué es? Y así nos vemos los tres, sentados en el sofá, mirando cómo somos mostrados en plan "a su derecha los chimpancés, a la izquierda las nutrias...". Y claro, por eso de la imagen, tenemos que tener las camas hechas, las cosas recogidas y todo eso. Pero en el fondo de nuestros corazones nos preguntamos si ese día, ese día en que estemos en calzconcillos, aparecerá y entonces se creará un conflicto en el espacio-tiempo del que será difícil salir. Hasta entonces, hacemos lo posible por sobrellevarlo con gracia (que para eso vivimos en Triana).
Dos grandes amigos se fueron este año a Barcelona (Y y B, por añadir iniciales al glosario), y mi hermano y mi cuñada partieron a Madrid. Ha sido un año de emigraciones, y cuales pardelas, todos hemos volado fuera de nuestros respectivos nidos. A probar suerte, a seguir adelante, a descubrir lo que el mundo puede ofrecerles. Yo vuelvo a Sevilla, ya con un año acumulado de experiencias, pero con una renovada ilusión: ya no volvería a la residencia.
En el limbo perfecto de la imaginación, al pensar en "compartir piso" pensamos en Friends o en alguna otra serie o película en que todos se llevan de maravilla y pasan momentos geniales y cómicos, y en el que cuando se caen los vasos suena risa enlatada de fondo. Sin embargo, cuando te sientas y empiezas a escribir lo que necesitas "para el piso" o cuando hablas del contrato, o cosas así, asumes que de verdad vas a un piso. Pero uno real, de esos en que la vecina del cuarto te manda a callar si gritas, de esos en que hay averías, de esos en que la cocina parece sacada de Cuéntame y el baño del motel de Norman Bates. Pero más allá de señoras rubias hechas un colador en la bañera, lo importante es con quién te vas, con quién has decidido compartir tu espacio. Y ahí creo que radica el secreto de mi existencia en este curso.
L The Canary y E. son mis compañeros de piso. Lo hemos pasado muy bien juntos, y es probable que este curso sea igual. Por ahora hemos coincidido en un aspecto muy importante de nuestra existencia: había que redecorar el piso, y qué mejor que el mobiliario y decoración nórdicos para transformar la sosería y lo anticuado en algo que sólo se podría definir como profundamente "cool". Con poco hemos conseguido hacer nuestro este espacio, y mi habitación es MÍA, con las cosas que yo quiero tener, donde yo quiero tenerlas. Pero no todo es maravilloso porque...
En estos tiempos que corren sabemos todos que vender un piso es complicado. Sí, lo es, y no debemos engañarnos con ello. Nuestro arrendador (qué rara suena esa palabra, parece que nos tiene encadenados a la puerta de la nevera o algo así) tiene intención de vender el piso donde ahora vivimos. Hasta ahí todo normal, salvo la parte en que lo enseña. Tampoco sería traumático si no fuera porque está aquí todos y cada uno de los días y porque suelta perlas como:
- Pasad, pasad... sí, éstos viven aquí, pero como si no estuvieran...
¿Pero esto qué es? Y así nos vemos los tres, sentados en el sofá, mirando cómo somos mostrados en plan "a su derecha los chimpancés, a la izquierda las nutrias...". Y claro, por eso de la imagen, tenemos que tener las camas hechas, las cosas recogidas y todo eso. Pero en el fondo de nuestros corazones nos preguntamos si ese día, ese día en que estemos en calzconcillos, aparecerá y entonces se creará un conflicto en el espacio-tiempo del que será difícil salir. Hasta entonces, hacemos lo posible por sobrellevarlo con gracia (que para eso vivimos en Triana).