Por ello, hoy, 15 de noviembre de 2009, en la cama, con algo de fiebre, teniendo que estudiar pero incapaz de ello, voy a ponerme al día con este blog. Voy a saldar mi cuenta con esta página que tantos buenos ratos me hizo pasar cuando diversos cataclismos (buenos y malos) asaltaron mi vida desde el 23 de septiembre.

Ir a Granada siempre es una buena experiencia. Aunque P. estuviera media enferma, y por ello no pudiéramos salir a la nocturnidad granadina, aprovechamos para ver el mercadillo medieval y para perfeccionar el maravilloso arte del tapeo. Ese mercadillo fue como una tentación tras otra, un despropósito de manjares inalcanzables (habría jurado que en la Edad Media las cosas eran más baratas) y al mismo tiempo una bonita experiencia, entre música, gente, colores, olores... Conocí de paso a algunos compañeros de clase (y residencia) de P., simpáticos y agradables, ante los cuales me preguntaba: ¿para venir a Granada tienes que ser normal, o es que a los que no lo son los mandan a Sevilla? La pregunta, obviamente, quedó sin respuesta. También podría haber sido un montaje a lo Show de Truman, y que toda esa gente hubiera sido pagada por P. en su afán de demostrarme que debía haberme ido a Granada con ella. Posibilidades muchas, como siempre, y respuestas pocas. Pero me marché de esta ciudad con un buen recuerdo y una curiosa sorpresa en el asiento de al lado (¡¡me había comprado Watchmen en ed. especial!!).
Tras volver la vida siguió siendo tal cual había sido, salvo porque tenía ya un sustituto para J. dentro del piso: L, proveniente de Málaga y, de primera impresión, simpático. Traje también virus diversos de mi viaje, así que caí enfermo de la garganta, lo cual me provocó diversos malestares que me llevaron a enfrentarme, por vez primera, a ir al médico, arreglar mis papeles y comprar las medicinas yo solo. Puede parecer una tontería, pero hacer todo esto por uno mismo es algo a lo que no se suele estar acostumbrado. Siempre pareces contar con alguna mano, pero en este caso fui, ya completamente sin voz, al centro de salud (después de averiguar dónde estaba) e hice entender mi situación a la recepcionista. Entré en la oficina para arreglar los papeles y que se me asignara un médico, y tras aclarar en diversas ocasiones la diferencia entre Las Palmas y Las Palmas de Gran Canaria (Jesucristo, ayúdame) llegó el momento importante: elegir médico. Me entregaron una lista llena de nombres y horarios, y en la franja en que yo podía ir a consulta había cerca de diez. Miré interrogante a la administrativa, esperando su recomendación, pero ante su silencio tuve que expresar verbalmente (o como se llame a ese chirrido que emitía) que no sabía cuál coger. Como ella no podía decirme para que yo no me sintiera influenciado y escogiera al Dr. Mabuse por su culpa, dejé caer mi dedo índice sobre el papel... ¿Ése? Pues ese. Salí con mi situación regularizada y sintiéndome parte de la Seguridad Social de este país de nuevo y hablé de nuevo con la recepcionista. ¡Bien! Me atendería un médico de guardia, y así dejaría de herir al mundo con la voz de Satanás que tenía.
Resuelto esto, descubrí algo en lo que no había caído: si no voy a clase... ¿qué pasa con los apuntes? Mi marginalidad social y mi no-presencia hacía que esos días desaparecieran sin remisión. Sin embargo, resurgí poco a poco y volví a las clases y todo se quedó en el mal recuerdo. Además, algo había en el horizonte que me alegró muchísimo: mi madre venía de visita. Así que preparándolo todo, pensando dónde ir y dónde comer pasaban los días.
Sin embargo, algo inesperado ocurrió. Una conversación por Facebook me informó de que A, amigo del musical en que participé hace ya un año y pico, iba a venir a Sevilla... y buscaba asilo (político no, por el momento). Fue una muy buena noticia, y aunque fuera por poquito tiempo (un día y medio, casi dos) iba a estar bien acompañado. El día de su llegada, un viernes, tenía que ir a la Estación de Santa Justa a buscarle, pero antes quería lavar la ropa. Así que dispuesto a ello fui cuando dos chicas que ya estaban en la lavandería me empezaron a preguntar sobre el funcionamiento de las lavadoras. Les resolví las dudas, y otra chica entró en ese momento. Le preguntaron a ella también para contrastar y al oírla hablar la miré y le dije:
- ¿CANARIA?
- Sí...
- ¡YO TAMBIÉN!
Fue un gran momento. ¡Había encontrado a una canaria en Sevilla, en mi residencia!. Empezamos hablar, lógico y normal, y al final la invité a que viniera conmigo y con A. a dar una vuelta por Sevilla. Todo era redondo ese día. Y lo fue hasta el domingo, porque tuvimos el sábado un día turístico completo, y por la noche sesión cartas en el piso de L, que así se llamaba la compy, y cena canaria. Toda una alegría después de las últimas semanas. Me reí como hacía mucho que no lo hacía, y a pesar de lo tenso de la situación (teníamos que burlar al de seguridad para llevar a A hasta mi piso) todo fue genial hasta que se marchó, el domingo bien temprano.
Sirvió esto como una inyección de buen rollo, y también como una preparación a lo que habría de venir (mi madre). Y llegó el día, en que yo había dormido poquísimo por una de las prácticas que tenía que entregar por la mañana, y decidí faltar a una clase para irme con ella. El problema es que no estaba en Sevilla, sino que había ido al pueblo (sí, tengo parte de mi familia en un pueblo de la provincia de Sevilla) para luego volver a por mí. Así que aproveché ese largo rato para volver a mi casa... espera espera... ¿he dicho "mi casa"? Bueno, volvi y dormí hasta que me avisó de que ya había llegado a la residencia. Después del Gran Saludo de Rigor dejamos su maleta en mi habitación y fuimos a comer mis tíos, mi madre y yo. Sin llegar a contar baldosa a baldosa todo lo que caminamos, la verdad es que fue un buen recorrido: Parque Mª Luisa, Plaza de España, centro, Alcázares, Triana... Para contar sólo con un día y pico, fue bastante completo. Ese fin de semana, además, estábamos solos en el piso (:-D). Es curioso que antes de que viniera no me sentía mal por no ver a la familia o los amigos, por eso de que uno se dice que siempre estarán ahí. Sin embargo, al irse mi madre si sentí esas ganas de verles de nuevo, por lo que tardé un par de días en reestablecerme en mi rutina diaria. Pero, después de todo, me había dejado un sustancioso legado: chorizo de Teror, ambrosías Tirma, chocolate... ¡Lo que cambian las perspectivas en dos semanas! Bueno, las perspectivas y la oferta culinaria.
Si de alguna forma, por fin, he de concluir este primer mes en la capital hispalense podría resumirlo en una palabra: Caos. Pero no un caos malvado, infame, que me hace girar en el vacío, sino un torrente de nuvas imágenes y sensaciones que me asaltaron de repente allá por septiembre y que ahora, treinta días después, hace que parezca que me fui hace muchísimo tiempo. Es, al mismo tiempo, algo lejano y cercano, que recuerdas al cambiar las sábanas y olerlas, porque aún no has tenido que lavarlas aquí. Detalles que te hacen pensar que el tiempo no ha pasado tan rápido como parece, y que en el fondo, treinta días, aunque dan para mucho, no dejan de ser cuatro semanas.