domingo, 11 de octubre de 2009

6-11 de octubre: Sección de aislamiento, bloque B


La vida siguió su curso, como se suele decir, sin más contratiempos. Y en mi caso, era toda una verdad. Desarrollé un sentido de la indiferencia hacia el piso-residencia como nunca había ignorado algo en mi vida. Iba a clase, volvía, comía, dormía... Y no me sentía mal por ello. Más bien estos días me dieron tiempo a estar en paz conmigo mismo, a reordenarme un poco. Pero en realidad, conscientemente, me estaba autoaislando, en el bloque B, como los presos peligrosos. Hannibal Lecter había llegado a la residencia. No es que mordiera, o me dedicada a comerme a mis semejantes, sino que ignoré el mundo, tal cual, sin mayores complicaciones. Y fue lo mejor que podría haber hecho.

Sin embargo, somos seres sociales, estúpidos a veces, pero sociales, y poco a poco fui acusando esa falta progresiva de congéneres. Por ello decidí volver a Granada, donde todo es más bonito y el aire más frío. Pero creo que no lo planteé como lo que era, una huida, sino como una forma de desconexión de lo que estaba viviendo. Practicar la introspección estaba bien, pero durante un rato.

lunes, 5 de octubre de 2009

1-5 de octubre: Stronger


De nada sirve relatar con pormenores lo que sucedió a continuación. Al igual que el relato anterior tiene inexactitudes y más que probables errores de orden, voy a intentar evitarlos en lo posible de ahora en adelante. La situación que ante mi se presentaba no tenía precedentes en lo que había vivido, y como tal me suponía un estrés que no iba a aguantar mucho tiempo. Mientras planeaba quedar con J. para ver pisos mi padre intentaba que no me fuera, que negociara la situación en el piso, que no huyera por la ventana de atrás. Los padres, con esa capacidad innata con que nacen (más bien se hacen) que les hace tener la razón, a veces, como en mi caso, comprenden que tenemos distinta experiencia frente a la misma situación. Los años que nos separan, y las vivencias, hacen que lo que para mi era algo insalvable para ellos fuera sólo un escollo más. También es verdad que si nosotros, los hijos, hacemos siempre caso y no ejercitamos eso de "¿y si hago...?", nos quedaríamos sin momentos como los que me tocó vivir, que sin duda me hicieron cambiar.

Un día, sábado, me vi ante un dilema, ante un interruptor que tenía que pulsar para seguir adelante. Había visto ya un piso interesante con J., pero el inconveniente era que era para tres personas. Ante esto, yo decidí esperar a conseguir esta tercera persona antes de abandonar la residencia. J. no lo veía así, y pretendía mudarse ese mismo día. Esa mañana, ese sábado, llegué al límite. A ese punto en que dejas de pensar, se enturbia la vista y una idea fija te inunda la mente: acabar con todo. J. quería que yo encontrara, ipso facto, al tercer ocupante y ahí estaba yo, buscándolo. Y ya tenía dos posibles contactos que irían a ver el piso por la tarde. La dueña del mismo, por su parte, presionaba porque lo quería ocupar ya, retrasando incluso el pago de la fianza como gesto de "buena voluntad" para que aceptáramos ya. Esa mañana, decía, recibí la llamada de J., pero no sólo de una ocasión: en cuatro. Con poco más de diez minutos entre una y otra. Yo aún no había salido de la cama y ya estaba cansado. Llamé a mis padres, y tras la conversación me quedó claro que no podía seguir así. ¿Qué es mejor, complacer a un casi desconocido y lanzarse a la aventura cuando un considerable dinero depende de ello, y al mismo tiempo saber que no haces lo correcto y que tus padres también lo saben? Tras colgar me desahogué, tranquilo, casi en silencio, y luego volví al teléfono. Llamé a J., le dije que era imposible, que a pesar de que él pagara la diferencia por el tercero aquello no tenía sentido. Sobra comentar aquí lo que tuve que oír a continuación. Concluyó la conversación con una lavada de manos que incluía que yo avisara a la dueña del piso, y una par de frases pretendidamente cortantes que no surtieron efecto. Llamé a la dueña, y como aún me duraba el descargue emocional de sólo unos minutos antes, todo fue como debía ir: bien. Volví a colgar quizás por sexta vez en aquella mañana. Y asombrado, me di cuenta de que todo había acabado en diez minutos. Cogí aire, lo solté, una, dos, tres veces... apoyé la espalda contra el respaldo de la cama, miré al frente sin ver la pared y dejé salir poco a poco todos los nervios de días anteriores, toda la rabia que sentía, toda la frustración, la decepción, ... y horas después descubrí que se habían ido. Que sólo quedaba una serena tranquilidad, una quieta calma. Respiraba hondo, profundo. Lo había conseguido.

No me hizo falta medirme para saber que había crecido.

jueves, 1 de octubre de 2009

30 de septiembre: Reino del Caos (Inicio de las clases)


Me levanté tarde. No es que eso sea una novedad, y menos en alguien como yo, pero no tenía esa intención. Desde lo más hondo de mi cerebro surgió un aviso, un "levántate antes hoy", pero el resto de la mente estaba fuera de cobertura, y me levanté al mediodía. Como J. ya había empezado las clases, fui a comer solo, y luego me preparé para el que sería mi primer día en la universidad. Todo un acontecimiento. Ya me había informado de que mi clase sería la XVIII, pero una cosa era saberlo y otra muy distinta era encontrarla. Me vi de nuevo en conserjería implorando ayuda para entender un edificio en el que el aula XVII y la XVIII no solo no están juntas, sino que están en pisos diferentes. Y encontré la clase, que se encontraba vacía, por lo que me quedé fuera sentado en un banco a la espera de ver los especímenes que serían mis compañeros. No tardó en llegar el primero, que se asomó, vio que no había nadie, dio la vuelta y se marchó. Yo empecé a desesperar al ver que eran las menos cinco y que no había nadie. Me levanté, caminé de un lado a otro y ya estaba próximo a subirme a las paredes cuando apareció un pequeño grupo que fue entrando lentamente. Me acerqué sigiloso al último, que se había quedado un poco rezagado y ataqué con una técnica infalible para hacer amigos:

- ¿Esta es la clase de 4º, no?

Soy un hacha de las relaciones sociales, un ser superior en lo que a entablar amistades se refiere. Pero tantos años de teoría y práctica sobre el tema se quedaron en nada ante una respuesta como...

- Sí, es aquí.

¿Puede alguien contestar de una forma TAN cortante? No, es probable que no. Pero yo no abandoné, no iba a dejar que mi oportunidad se esfumara, y contraataqué contando un poco de mi vida: que si me perdí, que si no soy de aquí... Aceptó mi información con educada indiferencia, y continuó su camino, dejándome en el pasillo sin saber qué hacer. Entré, y al azar elegí un sitio que se convertiría en mi lugar habitual. Me vi inmerso en un mar de caras desconocidas y tras un rato de ir y venir de personas me empecé a alejar de ellos, no físicamente sino con el oído. Dejé de oírles, lo veía todo desde fuera, me alejé para poder observar, pero no veía más que un mar de desconocidos.

Y comenzaron las clases: arqueología, paleografía y diplomática... desde el primer minuto capté que no iba a ser como en Las Palmas: más difícil, puede, pero sobre todo, más alejado, más aséptico, más kilómetros de distancia entre el estrado y las sillas.

Acabaron las clases, y tal como entré, salí. Fui lentamente, esperando que alguien dijera algo, o que reparara en que no era de allí, pero al ver que eso no iba a pasar aceleré a mi paso habitual, saqué el iPod y le subí el volumen hasta que todo ruido desapareció.

Como aún no había descubierto las bondades del transporte público, fui caminando hasta la residencia, aún pensativo sobre lo que acababa de vivir. No tenía nada que ver con ese primer día de carrera, de ilusión por lo de nuevo, en que hablé con una desconocida que luego sería amiga y que ahora no sé lo que es. Aquel día estaba nervioso, inquieto, era un mundo nuevo. Este primer en Sevilla había sido... indescriptiblemente vacío, frío a pesar del calor.

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Pude que al abrir la puerta del piso estuviera abriendo la caja de Pandora en versión andaluza 2.0, o que abriera una brecha en el espacio-tiempo, pero desde el preciso momento en que llegué de clase aquel primer día se sucedieron una serie de acontecimientos que ahora, con la supuesta perspectiva que da el tiempo, no soy capaz de ordenar porque ni en su momento ocurrieron de forma ordenada. Para esquematizar podría decir que J., en su afán de huida desesperada pudo localizar a una amiga suya que lo acogía cual refugiado hasta que encontrara un piso. Así que estaba completamente decidido: se iría al día siguiente, lo cual me dejaba en situación de debilidad, porque no tenía aliados en el piso, y además, me aislaba aún más. Como se puede llegar a pensar, con un cambio de habitación habría bastado, pero esa posibilidad ya había sido pensada, y no era posible. Sólo podría intercambiar habitación con otra persona, pero... ¿quién en su sano juicio se cambiaría conmigo?

Sin pensar en lo primo que estaba siendo acepté ayudar a J. con su mudanza al piso de su Madre Teresa particular. Es lo que tiene intentar ser amable con el resto, y ayudar a que superase el estrés (aunque también para ello, con la ya dicha "perspectiva" que da el tiempo, existen unas bolitas que aprietas y consigues relajarte fácilmente, pero bueno...). El caso es que me vi esperando a que me avisara para ayudarle con las maletas, mientras yo no dejaba de pensar si debía hacer lo mismo. Tenía la cabeza loca con tanta posibilidad.Y empezando la noche llegó el esperado momento en que yo cargaría con un par de maletas hasta la casa de una desconocida para ayudar a un casi desconocido. Mientras él se quejaba de tener que cargar (los hay que se quejan por todo) yo estaba pensando en mi mismo, sin afán de egocentrismo, sino para analizarme, para saber qué hacía yo ahí y por qué me había embarcado, casi sin darme cuenta, en un barco más grande de lo que pensaba.

Obviando lo relativamente peligroso que podía llegar a ser estar por la calle a las 23 horas con maletas y por calles desconocidas, llegamos relativamente pronto al piso de la chica en cuestión, que salió a nuestro encuentro, sin aureola, pero sí con dos manos que nos ayudaron a repartir la carga. Me cayó bien en seguida, y creo que no porque yo tuviera menos criterio al no conocer a casi nadie, sino porque era (y es) buena persona. Entramos en su piso, que estaba muy bien, aunque yo desde el principio advertí que estaba lejos. Y se produjo algo que, hasta los sucesos que ocurrieron unos días después, me afectaba bastante: entre J. y ella comenzaron a hablarme de la posibilidad del cambio, y por qué no, de buscar piso con J., al que ya conocía. Soy fácilmente convencible, pero no influyó tanto esto como el hecho de que me sentía desesperado ante la idea de quedarme solo ante el peligro en la 202.

Hay reacciones típicas en las personas, casi inconscientes, que nos hacen sentir mejor o algo menos un poco menos locos de lo que ya estamos. Sí, me refiero a coger el teléfono y llamar para contar algo que acaba de pasar, importante o no, pero sí tan urgente que no pueda esperar. E fue la primera en saber que pensaba abandonar la residencia, como en otras tantas ocasiones en que hablamos para ponernos al día. Paciente siempre, irónica lo justo, dispuesta a ayudar, conseguí enfocar un poco más y llamar a mis padres para planteárselo. Sí, era de noche, pero para mí era una cuestión casi moral contárselo. Quedó la conversación en que debía esperar a saber datos, pisos a los que poder ir, precios, y si todo era favorable o al menos igual que la residencia, me iría. En realidad no me sentí como si me hubiera salido con la mía, porque la llamada, o al menos yo lo vi así, era para tener la aprobación de mis padres, su asentimiento en algo muy importante y en cierto modo (tal como ahora lo veo) peligroso.

Aquel había sino un día demasiado largo, así que cerré los ojos de la mente al abrir la puerta del piso y llegué a mi cuarto como si entrara en la oscuridad, esta vez de un profundo sueño.