sábado, 21 de noviembre de 2009

Integración social in process

Parece mentira, sí, mentira, que haya tardado casi dos meses en sentir que conozco a alguien. No como algo etéreo (sí, conozco su nombre), sino como la sensación de que puedo hacer cosas simples (dar un paseo, tomar algo) y algo más complejas (salir de marcha) sin ningún inconveniente. Por algo se empieza, ¿no?

L. the canary, y M., su compañera, han supuesto un gran apoyo, y a lo mejor no conscientemente. Pero sólo con estar ahí ya suponen un poco de aire nuevo.

En la universidad, he descubierto, extrañado, que es más accesible la gente de cursos inferiores en las optativas que la de mi propio curso. ¿Por qué? Es algo a lo que no puedo responder, pero intentaré, en el futuro (es decir, en 2010) centrarme ahí y ver si puedo conseguir subir de status, de silla a mesa, al menos.

Igual después de todo puedo sentirme a gusto, feeling good, aunque James Brown no vivió en Sevilla. 

lunes, 16 de noviembre de 2009

La banda sonora de los días y horas...


Esta entrada la quería dedicar a la banda sonora de estos dos meses, a las canciones que me han acompañado cada vez que he salido a la calle, o cada vez que estoy ante el ordenador. Algunas ya las escuchaba de antes, otras las he descubierto aquí, pero todas tienen algo en común: definen un momento, un estado de ánimo o incluso un lugar.

La primera de estas canciones la descubrí en una serie, hace mucho tiempo, pero siempre me quedó el recuerdo de que me gustó. Y aquí, un día, empecé a buscarla y la encontré. Todo un clásico, ligero y optimista. Para caminar por el centro, o para esos días en que voy a clase temprano y necesito algo positivo para no correr de nuevo hacia la cama:

Petula Clark - Downtown

Y un día en que estaba un poco agobiado, en que la desgana había aparecido, llegó K con una canción que me animó al instante, otro clásico que sigo escuchando periódicamente porque, si lo oyes bien, te marca el ritmo al caminar:

The Proclaimers - I'm gonna be (500 miles)

Hay otro grupo de canciones que las oigo indistintamente en la guagua, temprano, o al volver, y que son para mantener el espíritu y para impedir que me duerma. Son las canciones que puedes poner a cantar a gritos (interiormente, claro....):

Robbie Williams - Bodies
Gorillaz - Feel Good Inc.
Mika - Ring Ring
The Beatles - Drive my car

Luego se sitúan aquellas que no sé clasificar, que simplemente escucho porque mi dedo inconscientemente las selecciona en el reproductor. La última me recuerda a una larga carretera, a un camino de horas, vacío, pero también perfecto para conducir sin preocuparse:

Billie The Vision & The Dancers - Summercat
Mika - Rain
Coldplay - Lovers in Japan

Y las que quedan...


Pedro Guerra - Alma mía
Michael Buble - Everything

domingo, 15 de noviembre de 2009

Reflexiones diversas tras mes y algo en esta ciudad


Como muchos habrán advertido, hace ya tiempo que no escribo diariamente. Es más, hoy es 15 de Noviembre y la última entrada es de hace más de un mes. No es porque me haya olvidado, porque ahora esté tan ocupado que no pueda hacer esto... más bien es porque necesito tiempo para escribir lo que pienso y lo que ha pasado, tal como quiero que perdure. También porque hay cosas que no quiero contar, o que no son relevantes, que ocupan mi tiempo y me impiden llevar esto con regularidad.

Por ello, hoy, 15 de noviembre de 2009, en la cama, con algo de fiebre, teniendo que estudiar pero incapaz de ello, voy a ponerme al día con este blog. Voy a saldar mi cuenta con esta página que tantos buenos ratos me hizo pasar cuando diversos cataclismos (buenos y malos) asaltaron mi vida desde el 23 de septiembre.

Ir a Granada siempre es una buena experiencia. Aunque P. estuviera media enferma, y por ello no pudiéramos salir a la nocturnidad granadina, aprovechamos para ver el mercadillo medieval y para perfeccionar el maravilloso arte del tapeo. Ese mercadillo fue como una tentación tras otra, un despropósito de manjares inalcanzables (habría jurado que en la Edad Media las cosas eran más baratas) y al mismo tiempo una bonita experiencia, entre música, gente, colores, olores... Conocí de paso a algunos compañeros de clase (y residencia) de P., simpáticos y agradables, ante los cuales me preguntaba: ¿para venir a Granada tienes que ser normal, o es que a los que no lo son los mandan a Sevilla? La pregunta, obviamente, quedó sin respuesta. También podría haber sido un montaje a lo Show de Truman, y que toda esa gente hubiera sido pagada por P. en su afán de demostrarme que debía haberme ido a Granada con ella. Posibilidades muchas, como siempre, y respuestas pocas. Pero me marché de esta ciudad con un buen recuerdo y una curiosa sorpresa en el asiento de al lado (¡¡me había comprado Watchmen en ed. especial!!).

Tras volver la vida siguió siendo tal cual había sido, salvo porque tenía ya un sustituto para J. dentro del piso: L, proveniente de Málaga y, de primera impresión, simpático. Traje también virus diversos de mi viaje, así que caí enfermo de la garganta, lo cual me provocó diversos malestares que me llevaron a enfrentarme, por vez primera, a ir al médico, arreglar mis papeles y comprar las medicinas yo solo. Puede parecer una tontería, pero hacer todo esto por uno mismo es algo a lo que no se suele estar acostumbrado. Siempre pareces contar con alguna mano, pero en este caso fui, ya completamente sin voz, al centro de salud (después de averiguar dónde estaba) e hice entender mi situación a la recepcionista. Entré en la oficina para arreglar los papeles y que se me asignara un médico, y tras aclarar en diversas ocasiones la diferencia entre Las Palmas y Las Palmas de Gran Canaria (Jesucristo, ayúdame) llegó el momento importante: elegir médico. Me entregaron una lista llena de nombres y horarios, y en la franja en que yo podía ir a consulta había cerca de diez. Miré interrogante a la administrativa, esperando su recomendación, pero ante su silencio tuve que expresar verbalmente (o como se llame a ese chirrido que emitía) que no sabía cuál coger. Como ella no podía decirme para  que yo no me sintiera influenciado y escogiera al Dr. Mabuse por su culpa, dejé caer mi dedo índice sobre el papel... ¿Ése? Pues ese. Salí con mi situación regularizada y sintiéndome parte de la Seguridad Social de este país de nuevo y hablé de nuevo con la recepcionista. ¡Bien! Me atendería un médico de guardia, y así dejaría de herir al mundo con la voz de Satanás que tenía.

Resuelto esto, descubrí algo en lo que no había caído: si no voy a clase... ¿qué pasa con los apuntes? Mi marginalidad social y mi no-presencia hacía que esos días desaparecieran sin remisión. Sin embargo, resurgí poco a poco y volví a las clases y todo se quedó en el mal recuerdo. Además, algo había en el horizonte que me alegró muchísimo: mi madre venía de visita. Así que preparándolo todo, pensando dónde ir y dónde comer pasaban los días.

Sin embargo, algo inesperado ocurrió. Una conversación por Facebook me informó de que A, amigo del musical en que participé hace ya un año y pico, iba a venir a Sevilla... y buscaba asilo (político no, por el momento). Fue una muy buena noticia, y aunque fuera por poquito tiempo (un día y medio, casi dos) iba a estar bien acompañado. El día de su llegada, un viernes, tenía que ir a la Estación de Santa Justa a buscarle, pero antes quería lavar la ropa. Así que dispuesto a ello fui cuando dos chicas que ya estaban en la lavandería me empezaron a preguntar sobre el funcionamiento de las lavadoras. Les resolví las dudas, y otra chica entró en ese momento. Le preguntaron a ella también para contrastar y al oírla hablar la miré y le dije:

- ¿CANARIA?
- Sí...
- ¡YO TAMBIÉN!


Fue un gran momento. ¡Había encontrado a una canaria en Sevilla, en mi residencia!. Empezamos hablar, lógico y normal, y al final la invité a que viniera conmigo y con A. a dar una vuelta por Sevilla. Todo era redondo ese día. Y lo fue hasta el domingo, porque tuvimos el sábado un día turístico completo, y por la noche sesión cartas en el piso de L, que así se llamaba la compy, y cena canaria. Toda una alegría después de las últimas semanas. Me reí como hacía mucho que no lo hacía, y a pesar de lo tenso de la situación (teníamos que burlar al de seguridad para llevar a A hasta mi piso) todo fue genial hasta que se marchó, el domingo bien temprano.

Sirvió esto como una inyección de buen rollo, y también como una preparación a lo que habría de venir (mi madre). Y llegó el día, en que yo había dormido poquísimo por una de las prácticas que tenía que entregar por la mañana, y decidí faltar a una clase para irme con ella. El problema es que no estaba en Sevilla, sino que había ido al pueblo (sí, tengo parte de mi familia en un pueblo de la provincia de Sevilla) para luego volver a por mí. Así que aproveché ese largo rato para volver a mi casa... espera espera... ¿he dicho "mi casa"? Bueno, volvi y dormí hasta que me avisó de que ya había llegado a la residencia. Después del Gran Saludo de Rigor dejamos su maleta en mi habitación y fuimos a comer mis tíos, mi madre y yo. Sin llegar a contar baldosa a baldosa todo lo que caminamos, la verdad es que fue un buen recorrido: Parque Mª Luisa, Plaza de España, centro, Alcázares, Triana... Para contar sólo con un día y pico, fue bastante completo. Ese fin de semana, además, estábamos solos en el piso (:-D). Es curioso que antes de que viniera no me sentía mal por no ver a la familia o los amigos, por eso de que uno se dice que siempre estarán ahí. Sin embargo, al irse mi madre si sentí esas ganas de verles de nuevo, por lo que tardé un par de días en reestablecerme en mi rutina diaria. Pero, después de todo, me había dejado un sustancioso legado: chorizo de Teror, ambrosías Tirma, chocolate... ¡Lo que cambian las perspectivas en dos semanas! Bueno, las perspectivas y la oferta culinaria.

Si de alguna forma, por fin, he de concluir este primer mes en la capital hispalense podría resumirlo en una palabra: Caos. Pero no un caos malvado, infame, que me hace girar en el vacío, sino un torrente de nuvas imágenes y sensaciones que me asaltaron de repente allá por septiembre y que ahora, treinta días después, hace que parezca que me fui hace muchísimo tiempo. Es, al mismo tiempo, algo lejano y cercano, que recuerdas al cambiar las sábanas y olerlas, porque aún no has tenido que lavarlas aquí. Detalles que te hacen pensar que el tiempo no ha pasado tan rápido como parece, y que en el fondo, treinta días, aunque dan para mucho, no dejan de ser cuatro semanas.

domingo, 11 de octubre de 2009

6-11 de octubre: Sección de aislamiento, bloque B


La vida siguió su curso, como se suele decir, sin más contratiempos. Y en mi caso, era toda una verdad. Desarrollé un sentido de la indiferencia hacia el piso-residencia como nunca había ignorado algo en mi vida. Iba a clase, volvía, comía, dormía... Y no me sentía mal por ello. Más bien estos días me dieron tiempo a estar en paz conmigo mismo, a reordenarme un poco. Pero en realidad, conscientemente, me estaba autoaislando, en el bloque B, como los presos peligrosos. Hannibal Lecter había llegado a la residencia. No es que mordiera, o me dedicada a comerme a mis semejantes, sino que ignoré el mundo, tal cual, sin mayores complicaciones. Y fue lo mejor que podría haber hecho.

Sin embargo, somos seres sociales, estúpidos a veces, pero sociales, y poco a poco fui acusando esa falta progresiva de congéneres. Por ello decidí volver a Granada, donde todo es más bonito y el aire más frío. Pero creo que no lo planteé como lo que era, una huida, sino como una forma de desconexión de lo que estaba viviendo. Practicar la introspección estaba bien, pero durante un rato.

lunes, 5 de octubre de 2009

1-5 de octubre: Stronger


De nada sirve relatar con pormenores lo que sucedió a continuación. Al igual que el relato anterior tiene inexactitudes y más que probables errores de orden, voy a intentar evitarlos en lo posible de ahora en adelante. La situación que ante mi se presentaba no tenía precedentes en lo que había vivido, y como tal me suponía un estrés que no iba a aguantar mucho tiempo. Mientras planeaba quedar con J. para ver pisos mi padre intentaba que no me fuera, que negociara la situación en el piso, que no huyera por la ventana de atrás. Los padres, con esa capacidad innata con que nacen (más bien se hacen) que les hace tener la razón, a veces, como en mi caso, comprenden que tenemos distinta experiencia frente a la misma situación. Los años que nos separan, y las vivencias, hacen que lo que para mi era algo insalvable para ellos fuera sólo un escollo más. También es verdad que si nosotros, los hijos, hacemos siempre caso y no ejercitamos eso de "¿y si hago...?", nos quedaríamos sin momentos como los que me tocó vivir, que sin duda me hicieron cambiar.

Un día, sábado, me vi ante un dilema, ante un interruptor que tenía que pulsar para seguir adelante. Había visto ya un piso interesante con J., pero el inconveniente era que era para tres personas. Ante esto, yo decidí esperar a conseguir esta tercera persona antes de abandonar la residencia. J. no lo veía así, y pretendía mudarse ese mismo día. Esa mañana, ese sábado, llegué al límite. A ese punto en que dejas de pensar, se enturbia la vista y una idea fija te inunda la mente: acabar con todo. J. quería que yo encontrara, ipso facto, al tercer ocupante y ahí estaba yo, buscándolo. Y ya tenía dos posibles contactos que irían a ver el piso por la tarde. La dueña del mismo, por su parte, presionaba porque lo quería ocupar ya, retrasando incluso el pago de la fianza como gesto de "buena voluntad" para que aceptáramos ya. Esa mañana, decía, recibí la llamada de J., pero no sólo de una ocasión: en cuatro. Con poco más de diez minutos entre una y otra. Yo aún no había salido de la cama y ya estaba cansado. Llamé a mis padres, y tras la conversación me quedó claro que no podía seguir así. ¿Qué es mejor, complacer a un casi desconocido y lanzarse a la aventura cuando un considerable dinero depende de ello, y al mismo tiempo saber que no haces lo correcto y que tus padres también lo saben? Tras colgar me desahogué, tranquilo, casi en silencio, y luego volví al teléfono. Llamé a J., le dije que era imposible, que a pesar de que él pagara la diferencia por el tercero aquello no tenía sentido. Sobra comentar aquí lo que tuve que oír a continuación. Concluyó la conversación con una lavada de manos que incluía que yo avisara a la dueña del piso, y una par de frases pretendidamente cortantes que no surtieron efecto. Llamé a la dueña, y como aún me duraba el descargue emocional de sólo unos minutos antes, todo fue como debía ir: bien. Volví a colgar quizás por sexta vez en aquella mañana. Y asombrado, me di cuenta de que todo había acabado en diez minutos. Cogí aire, lo solté, una, dos, tres veces... apoyé la espalda contra el respaldo de la cama, miré al frente sin ver la pared y dejé salir poco a poco todos los nervios de días anteriores, toda la rabia que sentía, toda la frustración, la decepción, ... y horas después descubrí que se habían ido. Que sólo quedaba una serena tranquilidad, una quieta calma. Respiraba hondo, profundo. Lo había conseguido.

No me hizo falta medirme para saber que había crecido.

jueves, 1 de octubre de 2009

30 de septiembre: Reino del Caos (Inicio de las clases)


Me levanté tarde. No es que eso sea una novedad, y menos en alguien como yo, pero no tenía esa intención. Desde lo más hondo de mi cerebro surgió un aviso, un "levántate antes hoy", pero el resto de la mente estaba fuera de cobertura, y me levanté al mediodía. Como J. ya había empezado las clases, fui a comer solo, y luego me preparé para el que sería mi primer día en la universidad. Todo un acontecimiento. Ya me había informado de que mi clase sería la XVIII, pero una cosa era saberlo y otra muy distinta era encontrarla. Me vi de nuevo en conserjería implorando ayuda para entender un edificio en el que el aula XVII y la XVIII no solo no están juntas, sino que están en pisos diferentes. Y encontré la clase, que se encontraba vacía, por lo que me quedé fuera sentado en un banco a la espera de ver los especímenes que serían mis compañeros. No tardó en llegar el primero, que se asomó, vio que no había nadie, dio la vuelta y se marchó. Yo empecé a desesperar al ver que eran las menos cinco y que no había nadie. Me levanté, caminé de un lado a otro y ya estaba próximo a subirme a las paredes cuando apareció un pequeño grupo que fue entrando lentamente. Me acerqué sigiloso al último, que se había quedado un poco rezagado y ataqué con una técnica infalible para hacer amigos:

- ¿Esta es la clase de 4º, no?

Soy un hacha de las relaciones sociales, un ser superior en lo que a entablar amistades se refiere. Pero tantos años de teoría y práctica sobre el tema se quedaron en nada ante una respuesta como...

- Sí, es aquí.

¿Puede alguien contestar de una forma TAN cortante? No, es probable que no. Pero yo no abandoné, no iba a dejar que mi oportunidad se esfumara, y contraataqué contando un poco de mi vida: que si me perdí, que si no soy de aquí... Aceptó mi información con educada indiferencia, y continuó su camino, dejándome en el pasillo sin saber qué hacer. Entré, y al azar elegí un sitio que se convertiría en mi lugar habitual. Me vi inmerso en un mar de caras desconocidas y tras un rato de ir y venir de personas me empecé a alejar de ellos, no físicamente sino con el oído. Dejé de oírles, lo veía todo desde fuera, me alejé para poder observar, pero no veía más que un mar de desconocidos.

Y comenzaron las clases: arqueología, paleografía y diplomática... desde el primer minuto capté que no iba a ser como en Las Palmas: más difícil, puede, pero sobre todo, más alejado, más aséptico, más kilómetros de distancia entre el estrado y las sillas.

Acabaron las clases, y tal como entré, salí. Fui lentamente, esperando que alguien dijera algo, o que reparara en que no era de allí, pero al ver que eso no iba a pasar aceleré a mi paso habitual, saqué el iPod y le subí el volumen hasta que todo ruido desapareció.

Como aún no había descubierto las bondades del transporte público, fui caminando hasta la residencia, aún pensativo sobre lo que acababa de vivir. No tenía nada que ver con ese primer día de carrera, de ilusión por lo de nuevo, en que hablé con una desconocida que luego sería amiga y que ahora no sé lo que es. Aquel día estaba nervioso, inquieto, era un mundo nuevo. Este primer en Sevilla había sido... indescriptiblemente vacío, frío a pesar del calor.

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Pude que al abrir la puerta del piso estuviera abriendo la caja de Pandora en versión andaluza 2.0, o que abriera una brecha en el espacio-tiempo, pero desde el preciso momento en que llegué de clase aquel primer día se sucedieron una serie de acontecimientos que ahora, con la supuesta perspectiva que da el tiempo, no soy capaz de ordenar porque ni en su momento ocurrieron de forma ordenada. Para esquematizar podría decir que J., en su afán de huida desesperada pudo localizar a una amiga suya que lo acogía cual refugiado hasta que encontrara un piso. Así que estaba completamente decidido: se iría al día siguiente, lo cual me dejaba en situación de debilidad, porque no tenía aliados en el piso, y además, me aislaba aún más. Como se puede llegar a pensar, con un cambio de habitación habría bastado, pero esa posibilidad ya había sido pensada, y no era posible. Sólo podría intercambiar habitación con otra persona, pero... ¿quién en su sano juicio se cambiaría conmigo?

Sin pensar en lo primo que estaba siendo acepté ayudar a J. con su mudanza al piso de su Madre Teresa particular. Es lo que tiene intentar ser amable con el resto, y ayudar a que superase el estrés (aunque también para ello, con la ya dicha "perspectiva" que da el tiempo, existen unas bolitas que aprietas y consigues relajarte fácilmente, pero bueno...). El caso es que me vi esperando a que me avisara para ayudarle con las maletas, mientras yo no dejaba de pensar si debía hacer lo mismo. Tenía la cabeza loca con tanta posibilidad.Y empezando la noche llegó el esperado momento en que yo cargaría con un par de maletas hasta la casa de una desconocida para ayudar a un casi desconocido. Mientras él se quejaba de tener que cargar (los hay que se quejan por todo) yo estaba pensando en mi mismo, sin afán de egocentrismo, sino para analizarme, para saber qué hacía yo ahí y por qué me había embarcado, casi sin darme cuenta, en un barco más grande de lo que pensaba.

Obviando lo relativamente peligroso que podía llegar a ser estar por la calle a las 23 horas con maletas y por calles desconocidas, llegamos relativamente pronto al piso de la chica en cuestión, que salió a nuestro encuentro, sin aureola, pero sí con dos manos que nos ayudaron a repartir la carga. Me cayó bien en seguida, y creo que no porque yo tuviera menos criterio al no conocer a casi nadie, sino porque era (y es) buena persona. Entramos en su piso, que estaba muy bien, aunque yo desde el principio advertí que estaba lejos. Y se produjo algo que, hasta los sucesos que ocurrieron unos días después, me afectaba bastante: entre J. y ella comenzaron a hablarme de la posibilidad del cambio, y por qué no, de buscar piso con J., al que ya conocía. Soy fácilmente convencible, pero no influyó tanto esto como el hecho de que me sentía desesperado ante la idea de quedarme solo ante el peligro en la 202.

Hay reacciones típicas en las personas, casi inconscientes, que nos hacen sentir mejor o algo menos un poco menos locos de lo que ya estamos. Sí, me refiero a coger el teléfono y llamar para contar algo que acaba de pasar, importante o no, pero sí tan urgente que no pueda esperar. E fue la primera en saber que pensaba abandonar la residencia, como en otras tantas ocasiones en que hablamos para ponernos al día. Paciente siempre, irónica lo justo, dispuesta a ayudar, conseguí enfocar un poco más y llamar a mis padres para planteárselo. Sí, era de noche, pero para mí era una cuestión casi moral contárselo. Quedó la conversación en que debía esperar a saber datos, pisos a los que poder ir, precios, y si todo era favorable o al menos igual que la residencia, me iría. En realidad no me sentí como si me hubiera salido con la mía, porque la llamada, o al menos yo lo vi así, era para tener la aprobación de mis padres, su asentimiento en algo muy importante y en cierto modo (tal como ahora lo veo) peligroso.

Aquel había sino un día demasiado largo, así que cerré los ojos de la mente al abrir la puerta del piso y llegué a mi cuarto como si entrara en la oscuridad, esta vez de un profundo sueño.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

29 de septiembre: Una Nueva Estrategia


Me desperté al día siguiente relativamente inquieto. Un extraño y silente desconocido poblaba el piso, J. extrañamente apático... En dos días todo había cambiado más de la cuenta. Sin embargo, la situación estaba a punto de cambiar, ya se verá si para bien o para mal.

Nudillos que tocan en la puerta. J.

- ¿Puedo pasar?

Una pregunta tan simple como esa desequilibraría todo de forma irreversible. J se iba, o al menos así lo tenía pensado. No soportaba la compañía de los otros dos, y en mi ausencia la situación había sido cuanto menos tensa. Irrupciones, gritos, juergas en el salón, habían hecho decidirse a mi compañero. Así que decidí no decir nada (o casi nada) por el momento, y pensar. ¿Debía yo irme también?

Antes de pensar qué podía hacer, supe que mi tío y mis abuelos vendrían a visitarme. Estaba feliz por ello, aunque con las ideas que acababan de irrumpir en mi cabeza, no podía estar muy centrado. Mi abuela, preocupada, me preguntaba cada cinco minutos si estaba triste, o si me pasaba algo, y a pesar de la negativa ella seguía con esa idea. Quizás tenía razón: estaba... triste no, pero tal vez pensativo. Fuimos a merendar a un centro comercial del que no recuerdo ni su nombre ni su ubicación (es lo que tiene llevas poco tiempo fuera), y luego volvimos dando un pequeño tour por el centro de la ciudad. Comenzó a llover con una cierta fuerza, y pensé por un momento que si era un reflejo. El sol estaba escondido, era fácil desorientarse, como abrir los ojos bajo el agua... ¿qué me pasaba?

Después de coger aire en el paseo, me sentí un poco más aliviado en el piso, y, además, al día siguiente empezaban las clases. ¡Las clases! Tanto tiempo pensando en otras cosas y casi no había reparado en eso. Preparé la mochila, y luego entré en el típico estado catatónico en Internet, ese en el que siempre intentas irte, pero no puedes, y te atrapa como las arañas y no te deja escapar.

Dos horas y media después, pude por fin alejarme de esa cosa horrenda que se llama ordenador.

lunes, 28 de septiembre de 2009

28 de septiembre: Granada III - La vuelta pospuesta y la sorpresa sevillana


Tras las agitadas vivencias del día anterior, teníamos una mañana dividida: yo iría al Corte Inglés a por un lector de tarjetas (si no, habría tenido que hacer dibujos para poder publicarlos), y P. iría a la Universidad a arreglar sus papeles para no ser una ilegal. Fuimos juntos en la guagua, ella se bajó en el campus, y yo en Parque Nuevo (o Fuente Nueva... algo nuevo) para ir, según indicaciones, todo recto hacia abajo hasta llegar a la citada tienda. Con mi trayectoria, pensé que algo pasaría que me impediría llegar a mi destino, pero tuve suerte, y siguiendo rectamente la calle me encontré donde quería, hice mi compra, y al volver tuve una idea: ¿y si en vez de volver recto giro a la izquierda y así me encuentro con la estación de tren y compro el billete de vuelta a Sevilla? Era genial, mataba dos pájaros de un tiro, y me aseguraba el billete. Así hice, pero a los dos minutos me di cuenta de que no sabía dónde estaba. Decidí caminar en una dirección coherente, pero la coherencia no me vino en el pack al nacer, así que confundí unas calles con otras  y llegué a lugares sencillamente insospechados.

Por azares del destino llegué a un puente desde el que se divisaban vías del tren. Me vi cerca de mi destino inicial, y aceleré el paso. Incomprensiblemente volví a desorientarme, y fue entonces cuando llamé a P. para saber si volvería pronto al centro y tener en cuenta así con cuánto tiempo contaba para pedir a la virgen del día anterior que me mostrara el camino. Tardaría un buen rato, así que seguí caminando como si supiera adónde iba (uno tiene su orgullo), y descubrí, minutos después, que estaba en la calle principal. Me llené de gozo interno, y al ver que yendo por una pequeña calle llegaba a la estación de tren, miré al cielo y dije: "Joder, qué frío".

Conseguí el billete de tren para las 16:30. Fui al lugar de encuentro y me senté, feliz conmigo mismo por haberme perdido y encontrado sin ayudas externas. Y llegó P., acompañada de los dos colegas de los que ya he hablado. Sabía ya que P. se había encontrado en la facultad con Cris, una antigua compañera de clase en Las Palmas (G. C.) que había vuelto a Granada, su tierra natal. Es un dato a tener en cuenta, pues cuando nos despedimos de A. y E. y decidimos ir a comer, P. pensó que sería buena idea quedar con Cris y así estar juntos un rato. Me pareció una estupenda forma de terminar mi estancia granadina, así que le preguntamos cuál sería un buen (y barato) lugar para comer. En esos instantes estábamos cerca del Aulario de Derecho, y Cris dijo: "¿Derecho? Pues vayan a "Las Escuelas", cerca de ahí". Lo de cerca había que comprobarlo.

Dimos un pequeño rodeo al aulario e intuimos que éste no era el edificio que Cris nos había dado como indicación. Tras una nueva llamada descubrimos que estaba cerca del monasterio de San Jerónimo (Venga, Loco... ¿recuerdan?). Por allí fuimos de nuevo, intentando no mirar a la fuente. Nos alejamos del lugar de la foto indie, y tras preguntar a una amable tendera descubrimos que había una calle llamada "Escuelas". Así que fuimos hacia donde nos indicó, viendo diversos edificios susceptibles de ser la Facultad de Derecho, hasta llegar a una calle que me dio que pensar. Se llamaba Colegios. "Bueno, P., colegios, escuelas... a lo mejor es ésta". Ante la mirada que recibí seguimos caminando, y poco después encontramos a Cris. Descubrimos, obviamente, que lo que tomamos por Facultad no era tal, que en realidad ni la habíamos visto, y que no habíamos llegado a la calle indicada. Pero nos encontramos, y eso, siempre, es lo que importa.

Fuimos al bar en que originalmente quedamos, y nos dispusimos a comer practicando, por vez segunda, el deporte del tapeo. A la tercera cerveza empecé a ver turbio, y vi con terror que se acercaba peligrosamente la hora de coger el tren, pero no quería moverme de aquel lugar. Bromeamos con la idea de cambiar el billete para coger el siguiente tren, aunque pasó a ser una posible realidad ante la certeza de que quedaban veinte minutos para su salida. Fuimos volando por la calle hasta la estación (incorporándose los dos colegas por el camino)y llegué exactamente dos minutos antes de la salida del tren. Asfixiado, medio colocado y con la mochila llena, debía dar miedo o lástima al señor de Renfe, que amablemente ("si está mi jefa aquí me despide, ¿eh?") me cambió el billete para las ocho y veinte. Respiré aliviado, dejé que las tapas se recolocaran en mi estómago y respiré. El alcohol podía irse tranquilamente. Así las cosas, podíamos ir a un bello lugar a tomar el té. Y no, no es que nos convirtiéramos de repente en Mildred y Mary y cogiéramos la taza con el meñique por fuera, sino que estando en Granada, una tetería es una parada indispensable. Fuimos caminando pues hacia una tetería a la que Cris solía ir, llamada Tuareg.



Sirvió eso para notar el frescor y hacer desaparecer por fin la cerveza de las neuronas. Tanto es así que incluso pude sacar la cámara y hacer alguna foto, como a la Puerta de Elvira, una de las antiguas puertas de la ciudad. La traspasamos y seguimos subiendo, y en una de esas callejuelas con encanto (de día) entramos al lugar, una casa antigua con un patio interior de columnas, todo decorado al estilo árabe. Era casi como viajar en el tiempo.


Cada uno se pidió un té (P. no, lo cual es casi una herejía), y esperamos la llegada de los colegas. No es que no tengan nombre los dos chavales, pero seguir citando iniciales puede marear a cualquiera. Espero que a estas alturas de la historia todos sepamos de quiénes se trata. Y en este lugar se desarrolló la última parte de mi visita a Granada, pues al término del té, de la charla y del tiempo me despedí de Cris y volvimos (esta vez con tiempo) a la estación. Me gustaría decir que nos despedimos mientras el humo de la locomotora inundaba el andén y que me subí mientras se movía lentamente para despedirme con la mano mientras me alejaba, pero eso sería mentir. Entré en el vagón, me senté, conecté el iPod y dejé fluir el tiempo durante unos minutos. Tras respirar, y ver que no me faltaba nada, hice unas llamadas. Pronto descubrí que el tren pasaba por lugares dejados de los dedos de Buda: la cobertura iba y venía como los bastones de las majorettes de la procesión.

Teniendo en cuenta la hora de salida, llegué a la estación de Santa Justa aproximadamente a las doce menos cuarto. Cogí el taxi pensando en qué me encontraría al abrir la puerta del piso... pero a esas horas, pensé, estaría todo el mundo en sus habitaciones. Cómo me equivocaba. Llegué, y al abrir la puerta me veo a un desconocido tecleando en un portátil. Acababa de ver a mi cuarto compañero de piso: E. Sin camisa, allí en el Tuenti, no es que me causara una mala impresión, sólo que...

"- Hola, tú eres el que faltaba ¿no? Yo soy Manuel".
"- Hola, soy E."

Tras una conversación tan larga y fructífera, no pude averiguar cómo me caía. Fui a mi habitación, la recogí, y luego oí llegar a J., pero no estaba solo: dos chicas reían y hablaban en inglés. Me quedé escuchando, pero no entendí nada, así que abrí la puerta. Eran dos conocidas griegas de J., que habían ido al piso como quien ve un documental de National Geographic sobre las focas monje para ver los destrozos de M. en la cocina, y las imágenes tonalmente subidas de su habitación. Lo observaron con incredulidad, y acabaron por reír descontroladamente al imaginar al sujeto hacedor de todo aquello.

Bienvenido a casa,

Home, Sweet Home

domingo, 27 de septiembre de 2009

27 de septiembre: Granada II - Crisis espiritual


Retornamos al mundo de los vivos con calma, ya que nadie nos esperaba, y las ganas de turismo estaban bien mitigadas. A la una, entonces, nos levantamos definitivamente, pasando de descansar en la cama a descansar en el sofá... total, que a las cinco decidimos que podíamos ir a dar otra vuelta granadina, por lo que cogimos la guagua.

En el centro de nuevo, comenzamos a caminar (un poco porque sí, todo hay que decirlo), y llegamos al monasterio de San Jerónimo, donde paramos, hicimos una foto, admiramos la fuente con boca de muñeca hinchable - sí, era así y punto -) y cuando fuimos a entrar se produjo una conexión mental. Al ver el cartel de "Entrada: 3'50 €" nos dimos la vuelta, y P. hizo palabras nuestro pensamiento: "VENGA, LOCO". Así conocimos en profundidad el citado monasterio. Seguimos nuestro camino, asombrados de la infinita capacidad de adquisición monetaria del clero, cuando otra brillante idea cruzó nuestras mentes: teníamos que comprar un Nestea. No sabíamos por qué, pero nos entraron esas ganas irresistibles que sólo sacias satisfaciéndolas. Y si el cuerpo nos lo pedía, por algo tenía que ser. Así que lo compramos y empezamos a callejear, no sin antes hacernos una foto. Pero no era una foto cualquiera. En el imaginario de P., hacernos una foto con las latas en la mano y con una pintada detrás era una "foto indie", así que no íbamos a dejar pasar la oportunidad de estar en comunidad con corrientes ideológico-estéticas tan avanzadas. Hicimos la foto y seguimos nuestro camino, sorprendidos ante las estrechas y hermosas calles que nos salían al paso.

Y así, dando vueltas, llegamos a una calle semiprincipal que acusaba una gran cantidad de gente. No reparamos en ello por el momento, así que seguimos caminando, mientras P. me indicaba "¡Ah! Esto es... eh.... bwaj..." para enseñarme los encantos de la ciudad. Entonces, al doblar una esquina, vimos a unos extraños vendedores, de algo que parecían ser capuchones de... ¿Cartón? Con caras de ignorancia, seguimos caminando, y fue entonces cuando oímos el grito que se repetiría el resto de la tarde: "¡VAMO'A LA VELA, SEÑORA, VAMO'A LA VELA!" ¿Qué? What? ¿Vamos a la vela? Sí, vendían velas, de gran tamaño y blancas, pero... ¿vamos? ¿adónde?

La aglomeración humana era cada vez mayor, y nuestro asombro también. ¿Qué clase de fiesta era aquella? Seguimos caminando y al llegar a una calle principal vimos una banda de música desfilar. La pregunta que surgió de nuestros cerebros fue la misma: ¿y dónde está la virgen? Porque no veíamos ninguna. Sólo bandas, y más bandas, y gente sentada en las aceras en sus sillas plegables, y mucha gente que caminaba y una infinita cantidad de velas. Viendo que era inevitable sumergirse en esa turba enfervorecida por vete a saber qué, caminamos con paso ligero yendo contracorriente, mientras el número de personas en la calle era cada vez mayor. Llegamos a una especie de mercadillo donde todos los puestos vendían lo mismo. Unas cajas de cartón grandes y rectangulares que, digo yo, contenía alguna clase de dulce típico del día (por no pensar que se compraban cajas vacías). Las velas y sus vendedoras y vendedores (y vendedorcitos, porque hasta los niños las vendían) nos perseguían, y la multitud aguardaba estática el paso de su imagen (aún no sabíamos cual). P. comenzaba a sumirse en el miedo ("¡¡Vámonos de aquíiiiiiiiiii!!"), pero insistí: no podía irme sin saber en qué consistía aquel extraño ritual. Tras las bandas, hordas de ancianas con cetros: "¡¡Mira P!! ¡¡Las MAJORETTES!!". Y de pronto la vimos: la imagen de la Virgen que tanto ansiábamos ver. Una señora virgen con cara de sufrimiento agónico, con el Cristo muerto sobre sus rodillas, también agónico y estertóreo. No puedo negar que sentí una pequeña decepción: tanta devoción, tanta cera... Entonces P. interrumpió mis espirituales pensamientos: "¡¡Viva la Virgen del Pino!!".

La mandé a callar rápidamente, no fuera a ser que nos oyeran. Por suerte, nadie pareció percatarse, y respiré aliviado sabiendo que en tierras granadinas la señora de Teror fue bien nombrada. Seguimos caminando y llegamos al río (sí, desconozco el nombre), cuyo puente cruzamos en nuestro afán de huir de la procesión. Lo conseguimos, porque la densidad humana fue bajando lentamente hasta que llegó a niveles aceptables. Pensando que la tranquilidad del paseo había vuelto a nuestras vidas, volvimos a cruzar el río por el siguiente puente, y comenzamos a seguir una calle que discurría paralela al mismo. Le planteé a P. que si nuestra intención era volver (o al menos no llegar a Gibraltar ese día) no podíamos seguir una calle que iba exactamente en la dirección opuesta al lugar de donde veníamos. Sin embargo, P. insistió en continuar por allí, y ya se sabe que... ¿para qué discutir? Seguimos caminando y poco a poco llegamos a la conclusión de que estábamos yendo a ninguna parte y que tenía razón (¡Oh, sí!). En un momento dado, decidimos girar a la izquierda para volver a la zona urbana desde la que aproximadamente habíamos salido, con el fin de llegar al centro y poder coger la guagua hasta la residencia de P. 

Hasta ahí, todo relativamente sencillo, pero cuando giramos nos encontramos con una larga calle en pendiente ascendente (es decir, una señora cuesta), y blasfemando en contra de P. llegamos a su parte superior, donde había unas interesantes pintadas adosadas a la casa-museo de un poeta del lugar. Como de nuevo no teníamos ni idea de cómo volver sin tener que repetir todo el camino ya hecho, volvimos a girar a la izquierda, con la idea de hacer un supuesto cambio del sentido de la marcha (como en la autoescuela) en dirección al centro. Conseguimos en parte nuestro objetivo, pero sólo en parte, ya que llegó un momento en que tuvimos que reincorporarnos a la calle larga que ya habíamos recorrido. Como se ve, fue una caminata sin sentido alguno, pero que al menos nos enseñó aspectos curiosos de Granada. Por tanto, volvimos de nuevo al puente del río, como dice la canción, y a la multitud místicamente unida. Ahora la estrategia era otra: ir por calles paralelas a la procesión para no tener que pasar a través de ella y llegar rápidamente a nuestro destino. Un plan brillante, ingenioso, maravilloso, que como todo plan impecable no funcionó: no fuimos los único que tuvimos la misma idea, y además, tarde o temprano teníamos que volver a la calle de la procesión y atravesarla para poder llegar. Así que estábamos realmente encerrados, rodeados por aquella multitud de devotos, y la tensión comenzó a apoderarse de nosotros. Sin embargo, en vez de amilanarnos, y viendo que estábamos encerrados en la zona catedralicia, sacamos provecho de ello y la recorrimos, felices por no tener expendedoras de romero y por no tener a nadie que nos molestara. El mercado árabe estaba desierto para nosotros, y pudimos observar la Catedral en todo su esplendor. Quizás y después de todo, había valido la pena. 

Pero pronto el entusiasmo y el goce artístico dieron paso a sensaciones menos placenteras: por mucho que la Catedral estuviera desierta, su perímetro estaba ocupado. Las hordas enemigas acechaban tras las rejas del edificio. Teníamos que decidir nuestro próximo paso antes de que fuera demasiado tarde. Y no nos quedó otra que infiltrarnos entre ellos e intentar, por todos los medios, cruzar sus filas (es decir, cruzar la calle de la procesión) para salir de aquella pesadilla.

" - P., aquí decimos algo raro y nos linchan..."
" - ¿Como qué? ¿¡Que eres ATEO!?"

Hasta en los mejores ejércitos hay traidores. En cuanto vimos el momento, cruzamos a toda prisa, para descubrir que no era necesario puesto que era el fin de la procesión. Volvimos lo más rápido posible al centro y llegamos a la parada de la guagua exhaustos, moribundos, pero incapaces de contener nuestra dicha ante nuestra exitosa huida. Eso sí, sin saber hacia dónde iban las velas en la jerga de los vendedores.

Menos mal que por el camino habíamos comprado ramen.

Qué mejor que la cocina oriental para huir de una pavorosa crisis espiritual.

26 de septiembre: Granada I - Lentillas como estropajos


Entre nebulosas y elefantes fucsias pude intuir que estaba sonando el despertador. La posterior reconstrucción de los hechos me hizo recordar que paré el teléfono, pero lo cierto es que mi percepción en aquellos instantes fue que había dejado de sonar por sí mismo. Y si el despertador es tan amable de dejar de sonar, ¿por qué no seguir durmiendo?

Cuarenta y cinco minutos después, una irritada telefonista me avisó de que el taxi me estaba esperando. Digo "me informó" por decir algo, porque en mi comatoso estado tuve que concentrarme para entender qué me estaba diciendo. Me había quedado dormido, sí, y desde el momento en que ese dato traspasó mi mente y llegó hasta la parte del cerebro, cualquiera que sea ésta, que controla los impulsos musculares, salté de la cama (con cuidadito de no abrirme la cabeza contra la madera), me vestí, cogí lo que había preparado la noche anterior y salí corriendo. En este momento no fui consciente, pero me fui dejando el matamosquitos encendido, el portátil en el suelo junto a la cama, bajo la ventana que estaba abierta, además de que dejé los restos de la cena de ayer (sí, cené en mi cuarto para evitar ver oscuros acontecimientos). Por lo tanto, hice lo que podría llamarse un desastre, aunque no fui consciente de ello hasta unas horas después. Corrí por la escalera, salí a la calle ante el asombro del guarda (eran las 05:45 de la mañana) e, ignorando a un grupo de botelloneros pasados de fecha me metí en el taxi. A la estación, a Santa Justa.

Llegué aún sin estar despierto, y con la caja de las lentillas en la mano, ya que no me dio tiempo de ponérmelas antes de salir (además de que con los ojos casi cerrados como los tenía iba a ser difícil). La estación estaba desierta, sólo había un hombre en un extremo con una maleta, o al menos eso era lo que veía, porque sin lentillas y dormido, más bien intuía las formas. Conseguí el billete, me coloqué las lentillas en el baño y me puse a deambular por la estación, viendo los trenes y pensando en que aquel lugar sería perfecto para una película: desierto, sombrío, gris, metálico...

El tren arrancó casi vacío (lógico, teniendo en cuenta que era sábado por la mañana), y pronto me di cuenta de que dormir iba a ser bastante complicado. Me puse a escuchar música, subí el estor de la ventana y esperé al amanecer. Poco a poco el cielo se fue tornando azul, lentamente, y se fueron dibujando las colinas y los campos de olivos que llegaban al infinito. Era algo digno de ver, la infinita capacidad del hombre para someter a la Naturaleza. A medida que me acercaba a Granada el terreno se volvía más montañoso, más agreste, pero no por ello menos cultivado. El tren se detuvo, entonces, en lo que parecía ser una zona industrial abandonada. Los turistas (me incluyo) empezamos a mirar a los lados, pensando que Eso no podía ser Granada. Pero a medida que pasaron los minutos, algunos incluso sospecharon que podía ser que sí (y que la Alhambra estuviera escondida tras alguna nave industrial). Pero todos quedamos aliviados cuando el tren volvió a arrancar, si bien nos quedó el misterio del motivo de la misteriosa parada.

La entrada a Granada en tren es de todo menos emocionante. Pintadas, cosas abandonadas.... aunque una vez traspasada la estación se pierde esa impresión. Bajé del tren, y al no ver a P, fui camino de la salida, encontrándomela allí. Justo a tiempo. La había visto sólo unos días antes, pero aún así ya la echaba de menos.

Empezamos a caminar para coger la guagua que nos llevaría hasta la residencia de P., que estaba un poco alejada (no mucho) del centro. Pude constatar, además, que hacía fresco, cosa que no había experimentado en los últimos días. Por todo ello, la compañía y el clima, estaba cada vez más feliz. La residencia de P. estaba bastante bien, con un piso de tamaño normal y, sobre todo, una compañera de piso de lo más agradable (por su ausencia, más bien). Tuve varios impulsos de secuestrarla para llevarla a mi residencia, pero resistí la tentación. Tras dejar las cosas en la residencia, partimos rumbo al centro, donde P. quedó con dos chicos que conoció al llegar, que estudian Geografía (E. y A. por si interesa saberlo, aunque ya son demasiadas letras). El centro es curioso, porque parece que esconde todo lo que Granada ofrece: es insultantemente normal, corriente, y por ello mismo incita a adentrarse más y conocer lo que verdaderamente hace a la ciudad famosa.

Tras unírsenos los dos compañeros seguimos hacia la catedral, donde están enterrados los Reyes Católicos, y Juana la Loca y Felipe el Hermoso. Es un lugar muy curioso, porque la catedral está tan rodeada de edificios que no se puede apreciar completa (además de que las dadivosas expendedoras de romero también se encontraban aquí).



Aún estaba medio sonado por el viaje en tren, pero no quise dejar pasar la oportunidad de ver lo más posible de aquella ciudad, así que caminamos lo nuestro por aquellas calles que nos recordaban a cada paso que los granadinos deben estar muy musculosos para aguantar tanta cuesta. Fuimos a la judería, equivalente israelita del Albayzín, barrio musulmán.

Después de un paseo por una avenida plagada de puentes antiguos, y de un descanso en la plaza que había al final del mismo, decidimos ir a comer y así poner en práctica una de las dos cosas tradicionales de Granada: ir de tapas (la otra es salir de marcha, que la veremos a continuación). Para no alargarme en detalles innecesarios sobre lo bueno y barato que es comer de tapas, resumo en que tras terminar fuimos al piso de A. y E. y nos quedamos dormidos en un sofá. Al volver de nuestra galaxia paralela eran ya las siete de la tarde, y era el momento de ir al Albayzín para ver la Alhambra desde el mirador de San Nicolás.






Fue sin duda una de las cosas más bonitas que he visto en mucho tiempo. Majestuosa, la Alhambra estaba allí, para nosotros, iluminándose lentamente mientras anochecía. A pesar de casi habernos perdido para llegar, por las tortuosas calles del Albayzín, todo valía la pena ante esta vista. Ya por ese entonces habíamos decidido que saldríamos de marcha, a probar la noche granadina, La Noche. P. y yo volvimos a su residencia para prepararnos; bajamos, cenamos un shawarma (aprendimos lo que era allí mismo) y nos dirigimos al lugar convenido: el piso de A. y E., donde comenzaríamos tomando algo.

¡Y tanto que era La Noche! Comenzamos con unas copas de ginebra con naranja, y de allí fuimos al Afrodisia, donde quizás lo que fallaba era, un tanto, la música, porque pasó del funky DJ al DJ sólo, y ya se sabe que si dejamos sólo al DJ, puede pasar de todo. Cuando tras fracasados intentos comprobamos que no podíamos bailarlo, fuimos al Booga Club, donde nada más entrar me embargó la emoción: ¡¡¡Rock & Roll!!! Del de verdad, del de Elvis, el de los orígenes... de ese que se bailaba tranquilamente, pero que era emocionante... Fue increíble, y más ver a la gente cómo se emocionaba. A altas horas de la madrugada (o temprano por la mañana, según se mire) volvimos a nuestros respectivos hogares temporales, y descubrí aterrado que llevaba más de 24 horas con las lentillas puestas. Ya decía yo que sentía los ojos como estropajos.

sábado, 26 de septiembre de 2009

25 de septiembre: Turismo frustrado y tarde encerrado


A la mañana siguiente estaba decidido a hacer turismo, por eso de que, ya que voy a vivir en una ciudad, debería conocerla mínimamente. Hice la misma ruta del día anterior (es decir, Mª Luisa, básicamente), pero ampliando el cerco un poco más, con el objetivo de llegar hasta la Catedral. Me lo tomé con calma, intentando quedarme con los lugares más importantes de cara a hacer todos los días un recorrido parecido para ir a clase.

Llegué a un lugar en el que un cartel me informaba de que entraba en el Puerto de Sevilla. Pensé que sería bonito ver barcos (yo, ingenuo) y lo que me encontré fue un jardín enorme y el río. Siendo la hora que era, y teniendo en cuenta que había visto ya a bastante turisteo pocos metros atrás, no entendí por qué en aquel lugar no había absolutamente nadie. Caminé unos cuantos metros, un poco asombrado, y anduve unos cuantos más sin que otra presencia humana me tranquilizara. Veía, al fondo, la reja que separaba la zona de la avenida que había utilizado el día anterior, pero todas las puertas de acceso estaban bloqueadas. ¿Todas? ¡No! Una pequeña puerta en la reja resistía a los candados allá en el lejano final del puerto. Fui hacia ella y comprobé aliviado que estaba de nuevo en tierra conocida.


Anduve y anduve, llegando a las TMADMF (Tierras Más Allá De Mi Facultad), donde se materializó el conjunto de Catedral + Giralda + Alcázares y una turba turística de grandes proporciones. Al mismo tiempo, y con la misma intensidad, también se materializaron señoras que amablemente daban romero a los viandantes sin pedir nada a cambio. Entre esto, y la sensación de haber visto ambientes parecidos en alguna película (¿"El Exorcista"? ¿"La Noche de los Muertos Vivientes?"), decidí no sacar la cámara, por lo que no hay imágenes de mi paso por aquel lugar. No es que viera un enorme peligro, pero sí una inquietud que se habría visto sensiblemente incrementada abriendo la bolsa de la cámara. Con la misma que llegué, marché y volví a la residencia, quedándome una sensación de pequeña decepción, de turismo frustrado por mis premoniciones.

Tras la comida, la tarde comenzó transcurriendo apaciblemente, y digo comenzó porque no terminó de la misma forma. Comencé a oír gritos y vocerío de fuera de mi habitación, y comprendí que mi recién adquirido compañero de piso ya tenía visita, y que conversaban en dolby sorround. Tensé el esternocleidomastoideo. Tuve una larga conversación con mis padres y con mi hermano, lo cual me distrajo del verdadero problema que tenía de puertas afuera, aunque tras la misma me quedé en estado de shock contemplativo del corcho vacío que tengo frente a la mesa. No sabía si esperaba la guagua, que se fuera, o simplemente que se callara. El caso es que así pasaron unas cuantas horas, en las cuales sólo salí de mi habitación para ir al baño, ir a la cocina, y hacer un amago de escribir en el portátil desde el salón, ya que me levanté veinte segundos después de haberme sentado al entrar de nuevo M. con un desconocido.

En estos momentos de distracción forzada ante la pantalla, descubrí la posibilidad que ante mí se abría: ir a ver a P. a Granada. Tentador, ¿verdad? Tras pensarlo y organizarlo, estaba dispuesto a partir al día siguiente, aunque a unas horas indignas de mí: el tren salía a las 7 de la mañana. Por todo ello, me puse el pijama, puse una nota en la puerta de J. informando de que me desaparecía, llamé al taxi para la madrugada, y me dispuse a dormir. Ni que decir tiene que fue la única noche en que los mosquitos no me dejaron dormir.

jueves, 24 de septiembre de 2009

24 de septiembre: Leche sin colacao e intrusión sin anestesia


El día en que iría a la facultad de Geografía e Historia a matricularme comenzó lentamente, con un despertador que no impidió que me levantara más tarde de lo previsto. Me preparé, desayuné (y me di cuenta de que no había comprado cola-cao) y me fui hacia la facultad, sabiendo aproximadamente cómo llegar. Descubrí dos cosas: que el trayecto es bastante bonito, y que es tan bello como largo. Bordeé el Parque de María Luisa en toda su extensión y pude ver la Facultad de Geografía e Historia. Es sin duda espectacular: un edificio en piedra del siglo XIX, la antigua Real Fábrica de Tabacos.


Inmejorable para ser una facultad de Historia. Entré por la primera puerta que vi abierta, y que, por tanto, no era la correcta, así que rodeé medio edificio hasta que entré por el lugar correspondiente. Columnas, arcos, grandes losas en el suelo… era como estar en un museo. Caminé de frente, por ir hacia algún lado, y llegué a un patio con una fuente en el centro. Me pareció maravilloso, aunque al mismo tiempo me daba cuenta de que aquel lugar era tan grande que no iba a ser capaz de orientarme en unas cuantas semanas. Volví sobre mis pasos, todo sensatez, y pregunté a la primera persona que vi cómo se llegaba a la secretaría de la facultad de Geografía e Historia. Sus indicaciones (todo recto, izquierda y derecha) habría sido útiles en un lugar más despejado, pero allí, con tantos pasillos, me sirvió para volver a perderme. Pero esta vez no sucumbí a la tentación de la confesa ignorancia, así que no pregunté a nadie. Simplemente, seguí caminando, hasta que llegué a otra puerta al exterior. Entonces di la vuelta y… Voilà! Allí, a la derecha, estaba la secretaría, con una señora cola ante ella. ¿Cómo no la había visto antes? Me coloqué en posición y saqué la carpeta de la maleta. Y no era una carpeta cualquiera: era la de la ULPGC, que tanto esfuerzo me había costado. Gracias a ello, como efecto colateral, me llevé más de una mirada de “¿de dónde viene éste?” pero yo, fiel a mis principios de la no violencia, me mantuve mirando al frente. Cuando ya me cansé de tanta formalidad, comencé a observar mis alrededores, con calma, analizando los especímenes humanos que aquella facultad contenía. El resultado fue una ligera decepción, pues me encontré con una gran cantidad de pijos. No es que tenga nada en contra de ellos, al contrario, a veces son hasta simpáticos, pero en un lugar en que son mayoría, el raro, cómo no, era yo. Así que asumí que todas las miradas que recibí no iban a la carpeta, debido a que mi look, comparado con lo que observaba, era cuanto menos inusual (lo inusual que pueden ser unos pantalones negros y una camiseta). Por suerte, en algunos rincones parecía haber gente más lógica y acorde con el espíritu libre de los estudiantes de Historia. Una señora, que iba delante de mí en la cola, se dio la vuelta de repente y me dijo: “Oye, que me da que me he equivocado de cola, pero espera que lo compruebo, ¿eh?”. Cuando lo dijo no la entendí, así que asentí y sonreí, dándome tiempo a mí mismo para coger el hilo, y en unos segundos me di cuenta de que quería que le guardara el sitio. No está mal para ser mi primera conversación en la universidad. Como dato curioso, la señora volvió al minuto y medio.

Y llegó el momento de enfrentarme a la ventanilla de secretaría, que desafiaba imponente a todo aquel que tuviera dudas. Me acerqué y me enfrenté al señor administrativo, que lucía larga cabellera plateada. Expliqué que quería matricularme, que venía por traslado. Me miró con aprensión, y entonces me dijo que pasara al interior. Yo pensé que pretendía que entrase por la ventanilla, pero entonces, gentil, me señaló una puerta un poco más allá en el pasillo, hacia la cual fui de inmediato. Fue algo sencillo, relativamente rápido, y se no se saldó con daños materiales ni personales. Así que, contento con mi hazaña, avisé a mi padre y volví caminando hacia la residencia, parando en la oficina de turismo para conseguir un mapa.

J. y yo fuimos de nuevo a comer, y por lo menos el churrasco alegraba la vida.  Nos preguntamos, intrigados, si vendrían pronto los otros inquilinos (ingenuos nosotros). Faltaban dos. Volvimos a los aposentos, pero yo estaba animado porque había hablado con P. y sabía que todo estaba yéndole bien por tierras granadinas. Tras hacer las operaciones de rigor (dientes, e-mail, tuenti, Facebook…), entré en un letargo post-ingesta en el que caí dormido. Dicen que eso de la siesta es muy andaluz, pero ahora entiendo el verdadero motivo. Si a las dos de la tarde se está a 30 y pico grados, es hasta lógico que nuestro sistema se colapse y entremos en modo hibernación.

Entre sueño y calor, empecé a distinguir sonidos, golpes, voces… ¿Qué era aquello? Me levanté extrañado, porque J. No suele hacer ruido. Me acerqué a la puerta y seguí escuchando. Más voces, ciertamente fuertes. Una mujer, parece. Me puse las playeras y salí al pasillo. Y fue entonces cuando me encontré con la Mary. Mary, María, María del Carmen, Mari Carmen. Una señora de unos cuarenta y tantos, que se me acerca y me dice: “Hola miniño! Yo zoy la Mary!”. Entre el calor, el sueño, y el impacto me quedé sin responder, así que me acerqué y le di dos besos, educado yo. “Encantado”- susurré.

-       Yo soy la madre del Manué.

Ahí me mató. ¿Manuel? ¿Tocayo? ¿Su madre?

-       ¿Otro?

Primer malentendido. No me refería a “Oh, Dios, otra persona más, qué asco” sino a “¿otro Manuel?”, pero no me entendió.

-       Sí, sí, otro. ¿No van a ser cuatro?

Decidí no contestar (too hard to explain), y en ese momento apareció el citado Manuel, un poco más alto que yo, delgado y sonriente.

-       Ea, otro má, zoy Manué, pero me llaman (censurado).
-       Ah, bien. Yo Manuel también… encantado.

Segundo impacto. No fui capaz de entenderle sobre la marcha. Algunos pueden pensar que siempre se tiende a exagerar cuando de andaluces trata la cuestión, pero en este caso no exagero: lo que está escrito es porque se ha dicho así, tal cual, y además a una velocidad bastante pronunciada. Subí la escalera para acceder al salón y me encontré con el señor padre de M., al que también estreché la mano. De repente me di cuenta de la situación: la puerta abierta de par en par, las bolsas, las maletas, las cajas… ¿Qué era todo aquello? En el sofá se encontraba J., con cara de susto y desesperación, observando la acción inanimado. Tomé asiento en el sillón de al lado, y nos quedamos los dos observando la escena. La compra que se entró y se colocó en la nevera, las sartenes, la freidora nueva, la tele, la play, … Merecíamos una explicación. ¿Por qué esta intrusión?

-       Es que nozotros vamo como los gitano, ¿zabeh? ¡Tó a cuestas!

Mary nos acababa de dar media explicación: iban con todo a todas partes. La segunda mitad vino un par de minutos después, cuando J. Le preguntó a M. De dónde venían.

-       ¡Shiquillo! ¡De Shiclana, Cádiz!

Ahí estaba: iban con todo, y además, estaban cerca. A una hora, dijeron. Y que volverían a reponer la compra en cuanto la primera se terminara, ya que M. No comía la comida del menú diario. Claro, ahora todo encajaba. El mundo recobró su pulso, pero seguía una pregunta en el aire… ¿En serio?

Luego el señor padre (SP) se me acercó y me dijo: “¿Y tú de dónde eres?”, y al ver mi respuesta exclamó: “¡Hala! Pues no vas a poder ir mucho a tu casa, ¿eh?”.

Eh…. ¿gracias?

Continuamos con la mudanza de M. Hasta un buen rato después, en que todo pareció volver a su cauce, aunque de repente la cocina estaba ocupada, por todo tipo de cosas. Notaba un creciente agobio en mi interior, la semilla de la ansiedad comenzaba a germinar, así que pillé las llaves y la cámara, y me fui a la calle, a ver algo de Sevilla en que no hubiera freidoras.


Me sirvió esta excursión para ver mejor los pabellones de la exposición iberoamericana del 29, el Parque de María Luisa y la Plaza de España, lugares todos dignos de ser fotografiados. Durante la marabunta que viví una hora antes mandé un SMS a E., para decirle que teníamos que hablar, porque aquello era digno de contarse. Y el momento de contarlo se dio durante el paseo, para que nadie me escuchara. Y le conté, y descubrí que todo aquello no dejaba de ser cómico, a pesar de haber sido aplastados por el huracán M. Me relajé con la fotografía, volví, y vi a J. Que me vio y me dijo: “¿Dónde estabas? Estuve llamando a tu puerta para salir de aquí”. Pobre. No había contado con el para la operación desestresante. Decidimos entonces ir a comprar la cena, porque aunque M. Tuviera comida como para sobrevivir al holocausto nuclear de la Tercera Guerra Mundial, nosotros sólo teníamos algo de leche, coca-cola y un paquete de galletas.

Hasta este momento, nunca había visto hacer la compra como una labor que pudiera llevar al suicidio. Pero lo descubrí, aunque bien podría haber vivido otros muchos años sin saberlo. Sabía de la intolerancia a la lactosa de J. Desde el día anterior, pero nunca pensé que esa sustancia se usara en todo tipo de productos, y que elegir la cosa más nimia pudiera ser motivo de un largo estudio contemplativo. El primero, claro, fue la leche, que era difícil de encontrar sin lactosa (y una vez encontrada, que si tenía sabor a chocolate, pues oye, mejor aún). Al no satisfacerse el 100% de su demanda, cogió una sin sabor, y fuimos a por el cola-cao o sucedáneo, que (como descubrí) en muchos casos también contiene dicha sustancia. Y esta fue la parte sencilla, en comparación con lo que nos vino después. Íbamos a comprar algo preparado, pero… ¿pizza? No; ¿lasaña, canelones, empanada, empanadillas, croquetas? Tampoco. Ante esto quedaban las carnes (que ya habíamos tomado) o el tradicional y siempre socorrido bocadillo. Fatal decisión. Llegamos a los embutidos y dije: “Oye, el chorizo no estaría mal…”, y rápidamente lo cogió, lo observó y dijo: “No puedo”. Entonces se activó en mí el Chip Paranoia, y comencé a buscar frenéticamente todos los envases de embutidos en busca de la materia perfecta, y lo encontré: Jamón.

-       Ese es como soso, ¿no?
-       Pues es el único que veo aquí sin lactosa.
-       Uhm… No, mejor no.

Mi extensa búsqueda en balde. ¿Qué hacer ahora? Le miré, esperando una respuesta, y dijo: “El jamón serrano no tiene”. Pues nada, perfecto. Pero si lo sabías de antes, ¿Por qué no decirlo?

La segunda parte de nuestra búsqueda alimentaria se correspondía al fiel compañero del embutido: el pan. No había pan de verdad (cosas de ir a hacer la compra diez minutos antes de que cerrara el supermercado), así que nos dirigimos al pan de molde, lugar también llamado Zona Catastrófica. Pan a pan, marca a marca, minuto a minuto, todos fueron descartados con un sonoro: “Éste también tiene”. Poco a poco fui apoyándome en la estantería de enfrente, casi sin darme cuenta, y fui resignándome a la contemplación estática e indiferente. El peso del tiempo cayó sobre mis piernas, y quedé aletargado durante minutos. Al fin, la decisión hizo correr la sangre de nuevo por las venas: “Al lado hay una panadería, así que compramos allí, que ese no tiene”. Ah, vale. Genial. Fuimos a pagar, y en un alarde de valentía, le dije que esperara y fui hasta la otra punta del supermercado.

-       Esto es para mí.
-       ¿Y qué es?
-       Queso. Me encanta.

Por supuesto, era mentira. Podría sobrevivir sin él. Pero era la única manera de satisfacer mi espíritu rebelde.

Queso, mucho queso.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

23 de septiembre: Llegada



Es difícil de creer que en sólo unas horas todo lo que ves propio, estable o eterno deje de serlo, en algún caso temporalmente, y en otros, para siempre. Aún no puedo decir que sea algo negativo y desesperante, pero sí inquietante… es tanto el apego a lo conocido, a lo domesticado, que tras colocar el equipaje sientes un enorme peso, el de la pregunta: ‘¿Qué hago a continuación?’

El día 23 se venía venir. Desde mucho antes sabía que era la fecha definitiva, incluso antes de tener el billete. Sin embargo, siempre pareció ser una fecha lejana, allá al final de septiembre donde el tiempo iría más despacio y me daría tiempo de hacer muchísimas cosas. Evidentemente, no ocurrió así, y en menos de lo que suspiras ya quedaban sólo un par de días. Fue entonces cuando comencé a asumir lo que se me venía encima, y la urgencia que todos los preparativos exigían. Ver y hablar con gente, hacer la maleta, el papeleo, la habitación… de repente miles de cosas se me metieron en la cabeza, y la inquietud expectante que me impedía dormir otras noches se convirtió en una prisa urgente. Por ello el día 22 fue el día en que gran parte de lo que había de hacerse se hizo: dejar mi cuarto hermético para que no se arruinara durante mi estancia en la Península; agrupar todo lo que tenía que llevar; y por último, pero no menos importante, hacer por fin la maleta.

La última noche fue curiosa. No estaba triste, lo que podría calificarse como triste, sino cansado. Muy cansado. Fuimos a jugar al billar, y estaba un poco ausente, porque aunque quisiera estar ahí me sentía bastante extraño. Y aquella noche E., la gran E., me regaló una libreta, y no una cualquiera, sino una de esas de viaje, negra con una cinta, tal como yo le regalé a ella cuando se fue a EEUU, hace ya unos cuantos meses. Tanto este momento como otro, con mi hermano comprando la cena, fueron interruptores, botones que me demostraron que realmente me iba, que me hicieron tomar conciencia de lo que iba a pasar. Esa pequeña gran angustia es temporal, claro, pero muy fuerte, y fue difícil controlarla. Cuando M. me fue a despedir no tuve tampoco palabras para decir qué sentía, porque no lo sabía. Ella lloraba, pero yo lo veía desde fuera, como alejado, como si en el fondo todo aquello no fuera conmigo. Sin embargo, al día siguiente estaba mucho más relajado, o más resignado, quién sabe. Si a esto se une que la despedida en el aeropuerto fue más que rápida (cosas de tener que embarcar) pues no dio tiempo a mayores aspavientos. Y tampoco tuve la necesidad de llorar desesperadamente ante la situación, realmente no sé por qué: ¿aceptación? El hecho es que subí (subimos) al avión y no hubo mención a lo que estaba pasando durante todo el vuelo… fue como un proceso: levantarse, coche, aeropuerto, maletas… en el que las palabras sobraban.

Y llegamos. Mi tío y un sobrino de su mujer nos llevaron a Sevilla capital desde el aeropuerto, y pronto surgió otro problema: ¿dónde está la residencia? La calle Antonio Maura no era conocida para nadie, ni siquiera para los taxistas, así que estuvimos dando vueltas indefinidas por Sevilla durante un tiempo también indefinido, en el que las conversaciones fueron bastante monótonas:

- - ¿Cómo se llama la calle? ¿Antonio Martín?
- - Maura, Antonio Maura…

Y así una y otra vez hasta que, por fin, encontramos la calle, y ahí estaba la residencia, imponente no por su altura ni por su aspecto, sino por lo que supondría. Descargamos, me despedí de P. (la amiga que fue conmigo y que continuaría hacia Granada), y fui hacia la recepción con mi tío ayudándome con las maletas. Veía gente entrar y salir, como espectros que me atravesaban y que no podían verme, porque todos iban en sus propios pensamientos. Llegué a la habitación, donde el único signo de presencia humana era una taza en el fregadero: “Ya hay otro chico aquí, pero por lo que veo no está” –dijo el recepcionista de la residencia. Mejor así, ya que pude soltarlo todo en la habitación, despedirme de mi tío y pensar en lo que tenía delante: una habitación vacía.


Desocupada, sin dueño. Me senté en la silla del escritorio, miré a todas partes, y decidí mi próximo movimiento. Comencé a abrir las maletas y a ordenar su contenido por toda la habitación, a una gran velocidad, con ansias, y tras un buen rato descubrí que aún era un cuarto vacío, pero con cosas mías en él. Reflexionando estaba sobre eso cuando oí unos ruidos: una puerta, unos pasos… Me quedé donde estaba, sin hacer nada en concreto, y oí una conversación por teléfono. El acento me sonó diferente: ¿Catalán? ¿vasco? En ese momento se me cayó la carpeta de la universidad al suelo y la conversación paró. Yo abrí la puerta, para no mostrar signos de autismo social, pero seguí haciendo mis cosas, mientras el otro ocupante del piso terminaba la conversación. Al terminar se acerca y nos presentamos: es J., es valenciano, y no estudia Historia. Me cae bien de entrar, y tras las palabras de rigor, decidimos ir a comer. Esto resolvió un momento bastante difícil como es ir a comer solo, así que cerré la puerta tras de mi, dejando la pregunta “¿qué harás a continuación?” en el interior.


Fuimos hacia la pequeña cafetería de la residencia, cuya simpática camarera nos explicó en que consistía el menú. Y ahí hice un gran sacrificio: comer espinacas. No sé por qué me obligué a ello, pero lo vi como una prueba de sacrificio, de valor ante los cambios, así que no rechisté y me las comí. Mi compañero y yo seguimos hablando, aunque, como bien es sabido, las conversaciones en circunstancias tales versan sobre la universidad, los cursos y el tiempo. A estas horas, en torno a las dos, ya yo estaba sencillamente extenuado por todo lo que había pasado ese día, y la perspectiva de tener muchísimas horas aún hasta la noche sencillamente me agotaba. Me enteré de que P. Tenía que esperar durante unas cuantas horas en la estación hasta que saliera su tren hacia Granada, y sentí el segundo de los pesos que se sienten: primero, la indecisión; segundo, la distancia y tercero, la soledad.

Tras un lapso de tiempo en que medio dormí, o al menos estuve tumbado en la cama sin actividad alguna, decidimos salir a comprar algo para la cena, y algo en general, porque el chico había comprado algunas cosas, pero pocas. Fuimos a ello, y así descubrí una alergia alimentaria que padece, cosa que es una pena, pero que hace las compras interminables: buscar la lista de ingredientes, comprobarlos, recomprobarlos, etc. Terminamos lo más rápido que se pudo y tomamos la decisión de ir a ver la Plaza de España, más bien por decir algo que por saber exactamente dónde se encontraba. En aquel momento yo estaba como en una realidad paralela, en que mi objetivo era caminar y no sentir nada, entre otras cosas porque el calor era asfixiante. Caminamos hasta el Parque de María Luisa, lo atravesamos y llegamos a la citada plaza, que yo no recordaba haber visto antes pese a haber estado en Sevilla hace muchos años. Enseguida eché de menos mi cámara, porque estaba atardeciendo, y la plaza era espectacular, a pesar incluso de las obras que la vallaban.

A la vuelta del paseo, nos dispusimos a cenar y a dormir, aunque yo estuve hasta las tantas intentando hacer mi horario, cuadrar ese tetris que supone cada curso en la universidad. Y puse el despertador para levantarme temprano: tenía que llegar hasta la facultad, y sin perderme.