El día en que iría a la facultad de Geografía e Historia a matricularme comenzó lentamente, con un despertador que no impidió que me levantara más tarde de lo previsto. Me preparé, desayuné (y me di cuenta de que no había comprado cola-cao) y me fui hacia la facultad, sabiendo aproximadamente cómo llegar. Descubrí dos cosas: que el trayecto es bastante bonito, y que es tan bello como largo. Bordeé el Parque de María Luisa en toda su extensión y pude ver la Facultad de Geografía e Historia. Es sin duda espectacular: un edificio en piedra del siglo XIX, la antigua Real Fábrica de Tabacos.
Inmejorable para ser una facultad de Historia. Entré por la primera puerta que vi abierta, y que, por tanto, no era la correcta, así que rodeé medio edificio hasta que entré por el lugar correspondiente. Columnas, arcos, grandes losas en el suelo… era como estar en un museo. Caminé de frente, por ir hacia algún lado, y llegué a un patio con una fuente en el centro. Me pareció maravilloso, aunque al mismo tiempo me daba cuenta de que aquel lugar era tan grande que no iba a ser capaz de orientarme en unas cuantas semanas. Volví sobre mis pasos, todo sensatez, y pregunté a la primera persona que vi cómo se llegaba a la secretaría de la facultad de Geografía e Historia. Sus indicaciones (todo recto, izquierda y derecha) habría sido útiles en un lugar más despejado, pero allí, con tantos pasillos, me sirvió para volver a perderme. Pero esta vez no sucumbí a la tentación de la confesa ignorancia, así que no pregunté a nadie. Simplemente, seguí caminando, hasta que llegué a otra puerta al exterior. Entonces di la vuelta y… Voilà! Allí, a la derecha, estaba la secretaría, con una señora cola ante ella. ¿Cómo no la había visto antes? Me coloqué en posición y saqué la carpeta de la maleta. Y no era una carpeta cualquiera: era la de la ULPGC, que tanto esfuerzo me había costado. Gracias a ello, como efecto colateral, me llevé más de una mirada de “¿de dónde viene éste?” pero yo, fiel a mis principios de la no violencia, me mantuve mirando al frente. Cuando ya me cansé de tanta formalidad, comencé a observar mis alrededores, con calma, analizando los especímenes humanos que aquella facultad contenía. El resultado fue una ligera decepción, pues me encontré con una gran cantidad de pijos. No es que tenga nada en contra de ellos, al contrario, a veces son hasta simpáticos, pero en un lugar en que son mayoría, el raro, cómo no, era yo. Así que asumí que todas las miradas que recibí no iban a la carpeta, debido a que mi look, comparado con lo que observaba, era cuanto menos inusual (lo inusual que pueden ser unos pantalones negros y una camiseta). Por suerte, en algunos rincones parecía haber gente más lógica y acorde con el espíritu libre de los estudiantes de Historia. Una señora, que iba delante de mí en la cola, se dio la vuelta de repente y me dijo: “Oye, que me da que me he equivocado de cola, pero espera que lo compruebo, ¿eh?”. Cuando lo dijo no la entendí, así que asentí y sonreí, dándome tiempo a mí mismo para coger el hilo, y en unos segundos me di cuenta de que quería que le guardara el sitio. No está mal para ser mi primera conversación en la universidad. Como dato curioso, la señora volvió al minuto y medio.
Y llegó el momento de enfrentarme a la ventanilla de secretaría, que desafiaba imponente a todo aquel que tuviera dudas. Me acerqué y me enfrenté al señor administrativo, que lucía larga cabellera plateada. Expliqué que quería matricularme, que venía por traslado. Me miró con aprensión, y entonces me dijo que pasara al interior. Yo pensé que pretendía que entrase por la ventanilla, pero entonces, gentil, me señaló una puerta un poco más allá en el pasillo, hacia la cual fui de inmediato. Fue algo sencillo, relativamente rápido, y se no se saldó con daños materiales ni personales. Así que, contento con mi hazaña, avisé a mi padre y volví caminando hacia la residencia, parando en la oficina de turismo para conseguir un mapa.
J. y yo fuimos de nuevo a comer, y por lo menos el churrasco alegraba la vida. Nos preguntamos, intrigados, si vendrían pronto los otros inquilinos (ingenuos nosotros). Faltaban dos. Volvimos a los aposentos, pero yo estaba animado porque había hablado con P. y sabía que todo estaba yéndole bien por tierras granadinas. Tras hacer las operaciones de rigor (dientes, e-mail, tuenti, Facebook…), entré en un letargo post-ingesta en el que caí dormido. Dicen que eso de la siesta es muy andaluz, pero ahora entiendo el verdadero motivo. Si a las dos de la tarde se está a 30 y pico grados, es hasta lógico que nuestro sistema se colapse y entremos en modo hibernación.
Entre sueño y calor, empecé a distinguir sonidos, golpes, voces… ¿Qué era aquello? Me levanté extrañado, porque J. No suele hacer ruido. Me acerqué a la puerta y seguí escuchando. Más voces, ciertamente fuertes. Una mujer, parece. Me puse las playeras y salí al pasillo. Y fue entonces cuando me encontré con la Mary. Mary, María, María del Carmen, Mari Carmen. Una señora de unos cuarenta y tantos, que se me acerca y me dice: “Hola miniño! Yo zoy la Mary!”. Entre el calor, el sueño, y el impacto me quedé sin responder, así que me acerqué y le di dos besos, educado yo. “Encantado”- susurré.
- Yo soy la madre del Manué.
Ahí me mató. ¿Manuel? ¿Tocayo? ¿Su madre?
- ¿Otro?
Primer malentendido. No me refería a “Oh, Dios, otra persona más, qué asco” sino a “¿otro Manuel?”, pero no me entendió.
- Sí, sí, otro. ¿No van a ser cuatro?
Decidí no contestar (too hard to explain), y en ese momento apareció el citado Manuel, un poco más alto que yo, delgado y sonriente.
- Ea, otro má, zoy Manué, pero me llaman (censurado).
- Ah, bien. Yo Manuel también… encantado.
Segundo impacto. No fui capaz de entenderle sobre la marcha. Algunos pueden pensar que siempre se tiende a exagerar cuando de andaluces trata la cuestión, pero en este caso no exagero: lo que está escrito es porque se ha dicho así, tal cual, y además a una velocidad bastante pronunciada. Subí la escalera para acceder al salón y me encontré con el señor padre de M., al que también estreché la mano. De repente me di cuenta de la situación: la puerta abierta de par en par, las bolsas, las maletas, las cajas… ¿Qué era todo aquello? En el sofá se encontraba J., con cara de susto y desesperación, observando la acción inanimado. Tomé asiento en el sillón de al lado, y nos quedamos los dos observando la escena. La compra que se entró y se colocó en la nevera, las sartenes, la freidora nueva, la tele, la play, … Merecíamos una explicación. ¿Por qué esta intrusión?
- Es que nozotros vamo como los gitano, ¿zabeh? ¡Tó a cuestas!
Mary nos acababa de dar media explicación: iban con todo a todas partes. La segunda mitad vino un par de minutos después, cuando J. Le preguntó a M. De dónde venían.
- ¡Shiquillo! ¡De Shiclana, Cádiz!
Ahí estaba: iban con todo, y además, estaban cerca. A una hora, dijeron. Y que volverían a reponer la compra en cuanto la primera se terminara, ya que M. No comía la comida del menú diario. Claro, ahora todo encajaba. El mundo recobró su pulso, pero seguía una pregunta en el aire… ¿En serio?
Luego el señor padre (SP) se me acercó y me dijo: “¿Y tú de dónde eres?”, y al ver mi respuesta exclamó: “¡Hala! Pues no vas a poder ir mucho a tu casa, ¿eh?”.
Eh…. ¿gracias?
Continuamos con la mudanza de M. Hasta un buen rato después, en que todo pareció volver a su cauce, aunque de repente la cocina estaba ocupada, por todo tipo de cosas. Notaba un creciente agobio en mi interior, la semilla de la ansiedad comenzaba a germinar, así que pillé las llaves y la cámara, y me fui a la calle, a ver algo de Sevilla en que no hubiera freidoras.
Me sirvió esta excursión para ver mejor los pabellones de la exposición iberoamericana del 29, el Parque de María Luisa y la Plaza de España, lugares todos dignos de ser fotografiados. Durante la marabunta que viví una hora antes mandé un SMS a E., para decirle que teníamos que hablar, porque aquello era digno de contarse. Y el momento de contarlo se dio durante el paseo, para que nadie me escuchara. Y le conté, y descubrí que todo aquello no dejaba de ser cómico, a pesar de haber sido aplastados por el huracán M. Me relajé con la fotografía, volví, y vi a J. Que me vio y me dijo: “¿Dónde estabas? Estuve llamando a tu puerta para salir de aquí”. Pobre. No había contado con el para la operación desestresante. Decidimos entonces ir a comprar la cena, porque aunque M. Tuviera comida como para sobrevivir al holocausto nuclear de la Tercera Guerra Mundial, nosotros sólo teníamos algo de leche, coca-cola y un paquete de galletas.
Hasta este momento, nunca había visto hacer la compra como una labor que pudiera llevar al suicidio. Pero lo descubrí, aunque bien podría haber vivido otros muchos años sin saberlo. Sabía de la intolerancia a la lactosa de J. Desde el día anterior, pero nunca pensé que esa sustancia se usara en todo tipo de productos, y que elegir la cosa más nimia pudiera ser motivo de un largo estudio contemplativo. El primero, claro, fue la leche, que era difícil de encontrar sin lactosa (y una vez encontrada, que si tenía sabor a chocolate, pues oye, mejor aún). Al no satisfacerse el 100% de su demanda, cogió una sin sabor, y fuimos a por el cola-cao o sucedáneo, que (como descubrí) en muchos casos también contiene dicha sustancia. Y esta fue la parte sencilla, en comparación con lo que nos vino después. Íbamos a comprar algo preparado, pero… ¿pizza? No; ¿lasaña, canelones, empanada, empanadillas, croquetas? Tampoco. Ante esto quedaban las carnes (que ya habíamos tomado) o el tradicional y siempre socorrido bocadillo. Fatal decisión. Llegamos a los embutidos y dije: “Oye, el chorizo no estaría mal…”, y rápidamente lo cogió, lo observó y dijo: “No puedo”. Entonces se activó en mí el Chip Paranoia, y comencé a buscar frenéticamente todos los envases de embutidos en busca de la materia perfecta, y lo encontré: Jamón.
- Ese es como soso, ¿no?
- Pues es el único que veo aquí sin lactosa.
- Uhm… No, mejor no.
Mi extensa búsqueda en balde. ¿Qué hacer ahora? Le miré, esperando una respuesta, y dijo: “El jamón serrano no tiene”. Pues nada, perfecto. Pero si lo sabías de antes, ¿Por qué no decirlo?
La segunda parte de nuestra búsqueda alimentaria se correspondía al fiel compañero del embutido: el pan. No había pan de verdad (cosas de ir a hacer la compra diez minutos antes de que cerrara el supermercado), así que nos dirigimos al pan de molde, lugar también llamado Zona Catastrófica. Pan a pan, marca a marca, minuto a minuto, todos fueron descartados con un sonoro: “Éste también tiene”. Poco a poco fui apoyándome en la estantería de enfrente, casi sin darme cuenta, y fui resignándome a la contemplación estática e indiferente. El peso del tiempo cayó sobre mis piernas, y quedé aletargado durante minutos. Al fin, la decisión hizo correr la sangre de nuevo por las venas: “Al lado hay una panadería, así que compramos allí, que ese no tiene”. Ah, vale. Genial. Fuimos a pagar, y en un alarde de valentía, le dije que esperara y fui hasta la otra punta del supermercado.
- Esto es para mí.
- ¿Y qué es?
- Queso. Me encanta.
Por supuesto, era mentira. Podría sobrevivir sin él. Pero era la única manera de satisfacer mi espíritu rebelde.
Queso, mucho queso.